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Opinión | Entre visillos

Historia de una obsesión

En recuerdo de Antonio Ranchal Luna y su lucha por hacer justicia a la memoria de su padre

Vivió atrapado en una obsesión, hacer justicia a la memoria de su padre, víctima de la represión franquista, y con ella a la de todos los olvidados; pero se ha muerto con la pena de haberlo conseguido solo a medias. Antonio Ranchal Luna ha fallecido en Córdoba a los 91 años, y aunque este hombre bueno y cabal dedicó gran parte de su vida, con éxito en las últimas décadas, a dignificar el recuerdo de quienes fueron silenciados durante la guerra y la dictadura, en el caso de Miguel Ranchal Plazuelo, dirigente sindical y último alcalde socialista de Villanueva del Duque en la II República, no logró -y bien que lo intentó- lo único que le hubiera hecho quedar plenamente en paz con el mundo: el documento con la revocación de la sentencia que, tras un juicio sumarísimo, acabó con su padre fusilado en Barcelona en 1940, tras un trágico peregrinaje por varios campos de concentración y cárceles en condiciones inhumanas.

Antonio Ranchal era un hombre hecho a sí mismo y, como tal, fuerte, con la resistencia de quien, partiendo de cero, supo labrarse un futuro para sí y sus cuatro hijos, dándoles a todos los estudios que él no pudo tener. Era valiente, de maneras refinadas y voluntad firme, capaz de revolver archivos polvorientos o de llegar a los altos despachos exigiendo explicaciones sin perder una pizca de su elegancia. Era, en suma, una persona de una pieza, y así me lo pareció cuando lo entrevisté para la serie de este periódico La memoria viva de Córdoba, en la que se rescataban vidas y voces de personajes ya entrados en años cuyas evocaciones ayudaban a saber lo que somos y cómo fuimos llegando hasta el presente.

No se me olvidará nunca, por lo emocionado, sincero y bien narrado, el testimonio de Antonio, o Bebel, que como ha recordado su hijo Miguel en estas páginas era el nombre que le habían puesto sus padres en homenaje –como también a sus tres hermanos Germinal, Jaurel y Floreal- a un importante socialista alemán. Antonio/Bebel fue un niño de la guerra en la peor de las circunstancias. Huérfano de un padre que de ser una de las figuras más destacadas de su pueblo, a cuyos vecinos ayudó todo lo que pudo sin reparar en ideologías incluso durante la contienda civil, pasó a ser uno de los miles de asesinados que poblaron cunetas y fosas comunes sin nombre ni honor, dejando viuda y cuatro niños en la miseria y el miedo a las represalias. Eso obligó a la familia a huir a la capital e instalarse en el Zumbacón, entonces el barrio de los parias. Con 11 años entró, como sus hermanos, en un hospicio de la calle Buen Pastor, porque a su madre le era imposible mantenerlos. Al cumplir los 14 lo echaron de allí y se metió a albañil en condiciones de casi esclavitud. Pero, listo y trabajador que era el chico, vio que con esfuerzo y formación podía prosperar en el gremio. Con 17 años era ya oficial, con 23 encargado en una constructora y con 27 copropietario de otra, hasta que en 1966 montó en solitario la suya, con la que no le fue nada mal.

Y así, ya con una seguridad económica, se lanzó a emplear energía y recursos siguiendo el rastro paterno, en una búsqueda agónica que dio algunos resultados. Tras llamar a todas las puertas y viajar siguiendo pistas, supo -y contó en un par de libros- que Miguel Ranchal había sido apresado al intentar coger un barco en Alicante, y trasladado luego a Albatera. Desde allí, horas antes de ser fusilado, escribió a su mujer una conmovedora carta despidiéndose «hasta la eternidad». También averiguó que había muerto a los 37 años en la playa del Campo de la Bota, y que estaba enterrado en el cementerio de Montjuic, pero se quedó con las ganas de que un tribunal justo anulara tan ignominiosa sentencia. Quizá algún día ocurra y pueda descansar definitivamente en paz.

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