Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | El alegato

Las chicas chicle

Las mujeres que nacimos en la generación con nombre de chicle de nuestra generación hemos tenido que forjar el carácter y determinar nuestro futuro nadando continuamente en un mar de dudas. Y es que no hay generación femenina que haya sido educada bajo ideas y dictados más confusos y contradictorios.

Resulta evidente que, en los años de nuestra infancia y preadolescencia, bajo un régimen dictatorial, el movimiento feminista en España ni existía ni se le esperaba, pero por meras razones lógicas más unidas al cariño paterno que al progreso social, nuestros padres nos animaron a estudiar y a no dejar nuestro futuro económico en manos de ningún marido (hablo de «marido» porque no era concebible otra modalidad de pareja, entiéndanlo los posibles ofendidos).

Tal consejo, por descontado, sin abandonar nuestros «deberes» de futuras esposas y madres.

He aquí una de las dicotomías con las que tuvimos que lidiar y que ha marcado nuestra existencia: ¡Desdóblate! De joven, estudia y aprender a llevar una casa. De adulta, trabaja y cuando regreses del trabajo, atiende las demandas del hogar.

Cuando empezó a hablarse de conciliación y corresponsabilidad, las chicas chicle ya habíamos aprendido el don de la ubicuidad, el del pluriempleo profidén, siempre con una sonrisa, y hasta el de la teletransportación.

Las abuelas y madres de las de mi edad carecían de lavadoras, de lavavajillas y de pañales desechables, pero a pesar de las exigencias del trabajo que esas carencias implicaban, les quedaba tiempo de sentarse en la siesta a escuchar la novela en la radio mientras zurcían calcetines y al caer la tarde, sacar sus sillas desvencijadas de enea a la puerta recién regada de la casa a charlar con las vecinas.

A las boomers esos tiempos muertos que tanta vida regalaban nos fueron robados y suplantados por nuestra capacidad de superación personal, de llegar a todos lados y de estar para todos menos para nosotras mismas.

Nuestras hijas, las que nos vieron teclear el ordenador en la mesa de la cocina mientras vigilábamos la olla a presión con el potaje y congelar un bolígrafo al sacar el pollo, han dicho basta, basta de la milonga que a sus madres les vendieron de ser iguales a los hombres de su generación y que lo único que las llevó es a trabajar el doble.

El error de base en esa pretendida igualdad de géneros que a las boomers se nos contó estribó en partir de la premisa que quienes debían demostrar ser iguales a ellos eran ellas, cuando ellas jamás quisieron ser como ellos porque eso hubiera implicado, en los más de los casos, un retroceso imperdonable.

Será por ello por lo que cuando me venden algo en nombre del feminismo lo pongo en cuarentena.

*Abogada experta en Derecho del Trabajo y Seguridad Social

Tracking Pixel Contents