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Opinión | Paso a paso

Democracia bloqueada

España se ha acostumbrado a vivir políticamente como esos enfermos que llaman achaque pasajero a lo que ya es dolencia crónica. Cada legislatura nace con aplausos y promesas, pero pronto descubrimos que bajo el mármol de las instituciones se ha instalado una carcoma silenciosa: la incapacidad de convertir el voto de los ciudadanos en gobierno estable.

No falla sólo un partido, ni siquiera una coyuntura. Falla una arquitectura pensada para una España de mayorías previsibles, cuando la España real se ha convertido en un mosaico de fragmentos, siglas y agravios territoriales. La Constitución previó el desacuerdo, pero no imaginó que el desacuerdo pudiera convertirse en oficio; previó la repetición electoral, pero no la política como secuestro; previó la alternancia, pero no esta permanencia agónica en la que gobernar se parece menos a dirigir un país que a sobrevivir a cada votación.

El artículo 99, que regula la investidura, se ha quedado corto para este tiempo de vetos. Permite que un candidato sea rechazado, que se intenten nuevas propuestas y que, si nadie obtiene la confianza del Congreso, se vuelva a votar. Pero repetir elecciones no siempre cura el bloqueo; a veces lo agranda y lo devuelve al Parlamento con más rencor. La urna no puede convertirse en lavadora donde los partidos introducen su fracaso esperando que salga planchado por el pueblo.

Habría que reformar ese mecanismo con prudencia, no para entregar el poder al más fuerte, sino para impedir que el más pequeño convierta su llave en cadena. Si tras un plazo razonable nadie logra articular una mayoría clara, debería existir una última votación entre las opciones posibles, o un sistema que obligue al Congreso a escoger gobierno en lugar de limitarse a negar gobiernos. La democracia no consiste sólo en impedir; consiste también en responder de lo que se deja ocurrir.

También habría que vincular la continuidad de un Ejecutivo a su capacidad de aprobar Presupuestos. Un Gobierno sin cuentas nuevas durante demasiado tiempo es un caminante que presume de rumbo mientras anda con zapatos prestados. Los Presupuestos son la confesión material de una legislatura: allí se ve qué país lleva dentro. Si no hay Presupuestos, debería haber confianza renovada o elecciones.

Y habría que cerrar las grietas por donde los partidos bloquean instituciones que pertenecen a todos. Ningún órgano constitucional debería quedar cautivo de una sigla. Cuando los nombramientos se pudren en el cajón, se corrompe la respiración misma del Estado.

La Constitución de 1978 nos ayudó a salir de una España de trincheras. Ahora debería ayudarnos a salir de una España de candados. No se trata de escribir otra patria sobre papel nuevo, sino de impedir que la patria que tenemos quede inmóvil, rehén de quienes han aprendido a vivir del bloqueo. Porque una democracia que no sabe desbloquearse conserva la fachada, pero dentro empieza a faltar el aire.

*Mediador y escritor

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