Opinión | tribuna abierta
La tribu política
El filósofo Immanuel Kant definía la mayoría de edad intelectual como la capacidad de pensar por uno mismo. Su célebre lema, Sapere aude («atrévete a saber»), sigue siendo una de las mejores defensas contra uno de los fenómenos más extendidos de la política moderna: el tribalismo.
Nos gusta creer que elegimos nuestras ideas políticas después de analizar argumentos y comparar propuestas. Sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario. Primero nos identificamos con una tribu política y después adoptamos las ideas que esa tribu considera correctas. La pertenencia precede a la convicción. Esto es un comportamiento antropológico, la pertenencia al grupo crea adoctrinamiento. Un partido político puede lanzar un mensaje para movilizar a sus votantes o para atacar al adversario. En un primer momento se trata de una herramienta de combate político. Sin embargo, la repetición constante termina produciendo un efecto inesperado: quienes difunden el mensaje acaban creyéndolo. La cuestión deja entonces de ser si una afirmación es cierta o falsa. Lo importante es si beneficia o perjudica a la propia tribu. La política se transforma en una competición entre identidades enfrentadas, más parecida al apoyo a un equipo deportivo que a un debate racional sobre el bien común.
España ofrece un ejemplo interesante para reflexionar sobre esta tendencia. A lo largo de la historia han predominado las divisiones en grandes bloques: liberales y conservadores, republicanos y monárquicos, izquierdas y derechas, centralistas y nacionalistas. Frente a esa lógica destaca la figura de Nicolás Salmerón, presidente de la Primera República y militante de cuatro partidos políticos distintos a lo largo de su vida. Representa una forma de entender la política en la que los principios están por encima de las siglas. Su objetivo no era ser fiel a un partido concreto, sino buscar aquello que consideraba mejor para el conjunto de la sociedad. Es un ejemplo desde luego.
Quizá esa sea una de las lecciones más necesarias de nuestro tiempo. Las democracias necesitan partidos, pero no ciudadanos que renuncien a pensar por sí mismos. Cuando la lealtad a una tribu vale más que la verdad, la política pierde su función principal: mejorar la vida de las personas. La libertad intelectual comienza precisamente cuando somos capaces de exigir a los nuestros el mismo rigor que reclamamos a los demás.
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