Opinión | Escenario
Los hermanos Grimm
Hoy, con el verano recién estrenado -por la fecha, no por el calor, que nos acompaña desde hace tiempo- termina el curso escolar. Mi querido y recordado amigo, el general de Infantería Ramón Serrano Rioja, solía bromear sobre su carrera militar diciendo: «Para cuatro días que vamos a vivir, tres los he pasado en la mili». Apropiándome del chiste, puedo decir que «para cuatro días que vamos a vivir, tres los he pasado en el colegio. Primero, claro, como alumna; después, como docente. Más de cuarenta años celebrando finales de curso dan para mucho y muchos estilos, pero en todos, el protagonista absoluto ha sido el calor. A la vista está. La cuestión es que actualmente, ya jubilada, dedico mi tiempo a la Real Academia de Córdoba, que presidida por Bartolomé Valle Buenestado, el pasado jueves celebró su solemne sesión de clausura del curso 2025/2026, en la que tuvieron el máximo protagonismo José Peña González, académico supernumerario y catedrático de Derecho Constitucional (j), que pronunció una brillante conferencia titulada ‘De Osio a Lutero: de la unidad a la ruptura’, y Julia Hidalgo Quejo, académica y pintora, que donó a la Academia el retrato de su autoría de Luis de Góngora.
Lo cierto es que, mientras escribo esto, tengo a mi nieto de seis años y mis nietas de cuatro danzando a mi alrededor. El más pequeño, con un año recién cumplido, no danza, porque todavía no va -en su caso- a la guardería y para él todos los días son vacaciones; pero los otros -como yo- las tienen asociadas al final de curso. Niñas y niños recuperan la libertad de una vida sin horarios oficiales, sin más normas que las que les imponga su propia familia. Pensar en esto me retrotrae a los largos y ociosos veranos de mi niñez, de los de «venga, niña, y termina el desayuno, que se te va a juntar con la comida», «no hagas ruido y deja que los demás duerman la siesta tranquilos», seguido horas después por el contradictorio «¿dónde has andado metida, que no te hemos visto el pelo en toda la tarde?». La televisión andaba todavía en pañales; no había ordenadores, ni tabletas, ni teléfonos móviles; mi abuela me enseñó a hacer solitarios con la baraja española de Heraclio Fournier… Mi refugio era leer, leer y leer.
Cuando cumplí ocho años llegaron a mis manos los ‘Cuentos completos’ de los Hermanos Grimm, libro publicado por la desaparecida Editorial Labor. Lo leí y lo releí durante varios veranos y aún hoy continúo echándole vistazos -está bastante desgastado- de vez en cuando. Doscientos cuentos, algunos muy conocidos. Tengo intención de hablar de ellos en futuras columnas.
*Académica
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