Opinión | Calma aparente
Canícula criminal
Se acabó nuestro verano habitable. Ya está aquí la canícula criminal. Uno va con prisa por la calle, empujado por una cuenta atrás, consciente de que tiene que hacer toda la vida posible durante las primeras horas de la mañana, porque después se impondrá el confinamiento climático, el encerramiento irremediable. Los no nacidos en Córdoba no entienden cómo es posible vivir así, escondidos del calor casi todo el día. Del mismo modo que les cuesta aceptar la paradoja despiadada de que abrir las ventanas no es una buena idea a partir de cierta temperatura. No es ninguna broma: Córdoba se convierte durante dos meses en una ciudad prácticamente invivible. Salvo que uno tenga la posibilidad de huir, no queda otra que la resignación. Quizá los cordobeses tengamos más mundo interior que los habitantes de otras latitudes gracias a nuestro infierno estival. No nos queda otra que adaptarnos al medio.
Pero este verano tenemos la ventaja de que se está celebrando el Mundial, y esto aligera un poco las jornadas, incluso las de insomnio. Ya lo dijo Cioran: «El insomnio es una lucidez vertiginosa que convertiría el paraíso en un lugar de tortura». Sin embargo, ahora puede uno desvelarse en mitad de la noche por culpa del calor sofocante, o debido a la sequedad de garganta producida por el aire acondicionado, con la tranquilidad de que hallará alivio viendo un partido entre México y Corea del Sur o Turquía y Paraguay. Un Mundial puede con todo. Además, ahorra el esfuerzo de tener que decidir lo que ver en la televisión, el gran engorro de nuestro tiempo.
El Mundial anterior fue una anomalía, un verano robado. Como se celebró en Catar, se jugó en invierno. Recuerdo que la mañana de la final me examiné en Madrid, y ese mismo día supe que había aprobado, que había superado la oposición. Durante el partido entre Francia y Argentina, no conseguía prestar atención ni siquiera mirando la pantalla fijamente. Por la noche, cuando salí a brindar, la celebración de los argentinos se mezcló con la mía. Sorprendía mi acento en mitad del jolgorio. Al día siguiente madrugué sin querer. No tenía que estudiar y se había celebrado un Mundial en diciembre: el desconcierto era lógico.
Hoy Messi sigue marcando goles, pero este año, si voy a la biblioteca, es por el aire acondicionado, no por obligación. Le pregunté a mi compañero Carlos, argentino y español, a quién bancaría en caso de un hipotético enfrentamiento de sus dos naciones: «No preguntes. Uno se portó mal. El otro me dio de comer. Pero no preguntes». Cuando hay Mundial, no hace tanto calor.
*Escritor
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