Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Caligrafía

La seda de la mona

A mi generación le llegó una enseñanza extravagante, que dice que hay que fingir lo que eres hasta que lo seas. Tendrá sus méritos psicológicos la frase, a saber. Yo estoy formado en el nomen iuris y concluyo automáticamente que las cosas son lo que son y no el nombre que se les pone. ¿Cómo puede alguien fingir que es una cosa que no es, si al no serlo no sabe lo que tiene que imitar? Lo que pasa es la cosa un poco ridícula de querer fingir ser algo copiando la superficie, imitando la apariencia. Esto tiene más años que los montes: imitar lo superficial, como es grotesco, nos convierte en caricaturas. Hay un tradicional desprecio social (la mona vestida de seda, el hábito del monje) y ahora a esta gente la llaman performativa, que a mí me hace gracia porque es que hacen eso: interpretar un papel. Como siempre, el sector rabioso acaba acusando al que no finge nada de fingir, que es tema para otro artículo. O el fondo de las cosas, no fingido, da vergüenza ajena. Habrán visto que ahora el intento es más de pasar por mono que por sedoso.

Lo que no puede imitarse es lo que tiene que aprenderse. Podemos dejar de ser una cosa y ser otra, mejor o peor, pero tiene su aprendizaje. Se aprende haciendo, sí, y esa es la clave: al hacer se genera la apariencia del que puede hacer algo, porque se ha aprendido, y la apariencia es consecuencia de una forma de trabajar, de unos vicios, de una postura. No me hace guitarrista una guitarra cara ni una funda, me hacen guitarrista 12 horas diarias de guitarra. Por eso desconfío del que quiere enseñarme a parecer algo, con sus atajillos y maquillajes. Es como dorar un pollo y dejarlo crudo.

*Académico

Tracking Pixel Contents