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Opinión | El cuerpo en guerra

Lo peor que podría pasar

¿Cómo decirlo? ¿Cómo expresarlo? ¿Acaso decirlo sin más, comunicar la noticia? Que ha pasado algo, lo peor que te podría pasar, algo que muchos consideran que no es nada pero no es tu caso. Para ti era tu mundo, tu realidad. En base a eso se articulaban el resto de constelaciones. Y ahora, ella no está, y lo terrible es que la vida sigue pasando. ¿Cómo puede mi cuerpo seguir respirando si yo estoy muda, quieta, en el suelo, aplastada por la devastación, mientras allá fuera sigue ocurriendo lo de siempre? Hace tiempo que lo de «allá fuera» a mí no me toca, no me alcanza. Yo estoy aquí, en casa, en mi mundo pequeño de dolor y libros. Y ella. Pero ella ya no está.

Toffee, la gata con la que llevaba casada trece años y medio, murió el pasado lunes después de que le diera un ictus el domingo. Así, en una tarde de tormenta, en el último día de la Feria del Libro de Madrid, de repente, después de su siesta, Toffee caminaba raro. Y eso solo es el principio. El final es que ahora solo vive dentro de mí, solo en mí.

Estoy viuda de gata. Ella era mi familia, mi compañera de existencia, mi apoyo frente al dolor. Y ahora estoy sola. Y no he existido nunca sola con dolor. Eso empieza ahora. Vivir sola es un recuerdo lejano de mis primeros veinte en un apartamento entre Malasaña y Chueca cuando iba al trabajo andando y las noches aún eran divertidas hasta el amanecer. Después, mi dolor. Suspendí el examen práctico del coche un 13 de diciembre y el mismo día llegó ella y la palabra «soledad» no ha existido nunca en mi vocabulario. ¿Acaso la habéis visto en algún poema mío? No.

Ahora sí vivo sola. Soy sola. Viajo sola. Soy huérfana de hogar. Mi hogar sólo era un hogar porque ella estaba, porque tenía a donde volver. Ya no. Ahora estoy en sitios, simplemente, porque ni siquiera sé quién soy. Mi existencia con ella era lo único que me mantenía anclada a la realidad desde lo del ictus y la amnesia.

Se lo comunico a su tía Naza. Se lo digo a su padre. Después, escribo a mis amigos. Y lloro. Y lloramos. Su abuela y yo lloramos todos los días desesperadamente porque qué son estas paredes sin ella y vemos la tele para tratar de entretener la cabeza y vamos de médicos porque yo sigo mal y nada cambia y la vida sigue y por qué, cómo, cómo puede seguir la vida sin ella. Qué hago yo sin ella. Quién soy. Ahora sí que todo empieza de nuevo. ¿Con qué ganas, con qué fuerza, para qué?

La presencia de una ausencia me sigue por la casa en los sitios donde antes se ponía ella pero de repente miro y ella ya se ha ido. No está. Es la presencia de una ausencia a gritos. ¿Cómo va a haber un mundo en el que Toffee no existe?

*Escritora

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