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Opinión | TRIBUNA ABIERTA

De vuelta con Séneca

En viaje en coche desde Córdoba a Sevilla salió a relucir, entre una y otra conversación con mi amigo acompañante, lo que al parecer se ha convertido en stream topic: el tema del estoicismo, una corriente filosófica griega de hace unos 2.350 años.

«Vendehumos», aseveró el amigo.

Pensé que, donde hay humo, hay fuego. Pero, puesto que no soy filósofo, solo haré unas observaciones en estas páginas y yo diría que solo por cordobés, ya que fue el romano Lucio Anneo Séneca, nacido en Córdoba en el año 4 d. C. uno de los máximos exponentes del estoicismo. A veces hasta se nos atribuye la etiqueta de senequistas. Pudiera ser. En cualquier caso, Séneca fue instructor de Nerón y, en los primeros años de este, gobernó de facto junto con el militar Burro y acabó suicidándose por orden de su pupilo en el año 62 d.C.

Pero ¿por qué Seneca y el estoicismo ahora, precisamente ahora? Ya en los años 60 del pasado siglo hubo una serie televisiva de bastante éxito titulada El Séneca: un andaluz poco instruido pero sentencioso que, en un patio andaluz, dialogaba con otros personajes sobre temas comunes en base al «sentido común». Les suena, ¿verdad? En retrospectiva ese teatral sentido común a algunos nos parecía como un peqo, es decir, en la definición de Castilla del Pino (vinculado a Córdoba desde 1949 hasta su muerte), como una simpleza dicha con gran solemnidad. Ejemplo: «¡Señores, el hombre es el hombre! ». De esta serie televisiva fue autor José María Pemán, un escritor y político gaditano monárquico, tradicionalista e integrista católico que, como presidente de la Comisión de cultura y enseñanza, en 1936 presentó una lista de profesores para ser depurados, tan amplia que, según se dice, al mismo Caudillo le pareció excesiva. También, en su abundante quehacer literario y propagandístico ideológico del régimen, tuvo Pemán tiempo para ponerle letra a la Marcha Real (Himno Nacional durante el franquismo) y del que hoy solo queda la música del Lalalala que la gente corea en los campos de fútbol. Y fue impactante para mí el artículo sin piedad que escribió a la muerte de Picasso…

Y, bien, este era grosso modo el panorama entonces. Pero queda esa pegunta: ¿Dónde está el «fuego»? ¿Falta de vocaciones religiosas, aumento de los españoles que no se consideran católicos? Parece evidente la influencia del estoicismo en el cristianismo, reconocido por el mismo San Pablo o san Agustín, pero también sus diferencias lógicas: cuando Zenón de Citio, creador de esta escuela filosófica enseñaba que la felicidad se logra «cultivando la virtud, controlando las pasiones o emociones negativas», etc. (internet dixit) no esperaba la resurrección de la carne ni la vida perdurable, ni los judíos a su Dios único antropomórfico, ni España existía como nación, ni el catolicismo era la esencia de lo español (el visigodo Recaredo I fue quien adjuró del arrianismo y unificó el reino visigótico bajo el cristianismo en el 589), ni siquiera Séneca era de linaje hispano…

En fin, queda una enseñanza estoica: la resignación ante la adversidad. En este sentido. un símil de los estoicos atrae mi atención: el hombre -dicen- es como un perro atado a una carreta y, aunque la cuerda sea larga y el animal pueda moverse a voluntad dentro de un radio, no puede olvidar que la dirección de la carreta le obliga.

«Vale», digo yo. « Por ahí van los tiros».

*Licenciado en Economía y doctor en Filosofía

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