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Opinión | NO NI NA

Rafael Ruiz

Rafael Ruiz

Periodista

De cine

Una empresa privada ha adquirido los recintos de los cines de verano Delicias, Fuenseca y Olimpia por 300.000 euros, los mismos que le compró Martín Cañuelo a la Agencia Tributaria en 2014 por 455.000, según explicó en un reportaje la periodista Marta Jiménez. El Ayuntamiento renunció hace un año a un fantasmagórico derecho de tanteo y retracto, que suena bien raro, y posteriormente realizó una oferta privada para igualar la cantidad pactada, lo cual parece más extraño aún. El empresario adquiriente dice que ya tiene una oferta de 850.000 euros por unos bienes que han remontado de forma milagrosa esa devaluación reflejada en escrituras. Enhorabuena por la rentabilidad potencial, pese a no disponer de unas licencias que nadie echó en falta hasta las ruidosas fiestas amparadas por el Ayuntamiento.

Me encantan los cines de verano. No me gustaría ver el día que cierren sus puertas, porque morirá una parte de lo que somos. Sin embargo, la realidad es la que es. La exhibición de cine lleva un camino similar a las cabinas telefónicas. Nadie puede garantizar a estas alturas que la gente vaya a ver películas y a comer montaditos de lomo con pimientos por mucho que queramos abofetear a alguien. El Ayuntamiento optó por subvencionar los cines de verano mediante un alquiler ficticio lo que, bajo mi humilde punto de vista, es pan para hoy y hambre para mañana. Aparte de una verdadera canallada para los vecinos que se comen las ruidosas fiestuquis amparadas por la municipalidad. El alcalde debería probar a subvencionarse una de esas rave debajo de su casa. A ver qué tal le va.

Los espacios que conocemos como cines de verano resultan rarísimos. Son privados, pero constituyen un terreno vetado a la construcción lucrativa. Siguiendo a Machado, diremos que solo un necio confunde valor y precio. El valor es social como patrimonio cultural y por estar ubicados en barrios con alta escasez de suelo dotacional. Que necesitan parques, piscinas o instalaciones deportivas como los demás. Por eso, tienen que ser terrenos públicos, pero no de cualquier manera. Por lo que se puede generar si el espectador decide quedarse en casa a ver las películas con altramuces por otros medios.

De un tiempo a esta parte, hay una cierta urgencia en algunos partidos (sin duda, inocente) por comprar esos cines, esos en concreto, en lo que se ha llamado siempre urbanismo por expectativas. Pero como uno ha visto ya milagros, como la compra del Teatro Góngora -donde el precio del suelo entregado en compensación se multiplicó en la reventa sin salir de la notaría-, entiendan que se recomiende la vía de la mesura. Si un privado decide emprender, no tengo nada que decir porque es su dinero: ojalá tenga todo el éxito del mundo. Si lo que está por medio son mis impuestos, prefiero que haya tasaciones, abogados y procesos contradictorios, burocráticos, aburridos. Justiprecios, expropiaciones y todo eso. Hay una diferencia entre la melancolía que genera la nostalgia y que ello se convierta en un Monopoly en el que, además, pagamos la comedia a escote.

*Periodista

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