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Opinión | Entre visillos

Réquiem por los quioscos de prensa

La era digital los empuja a un dilema: el cambio a un negocio diversificado o el cierre

Las ciudades, como las personas, tienen su corazoncito. Y a veces les duele verse obligadas a decir adiós a elementos que las habían acompañado durante mucho tiempo, piezas decrépitas o en desuso que ya no interesan a nadie. Es lo que está pasando en Córdoba con algunos quioscos de prensa y chucherías cerrados -siete por ahora, aunque esto no ha hecho más que empezar-, que el Ayuntamiento está retirando para que no estorben ni den mala imagen de la ciudad. Van derechos al desguace de chatarras, o al cementerio donde quiera que acaben los trastos inservibles; el mismo viaje recorrido antes por las cabinas telefónicas, aquellos pequeños habitáculos de calles y plazas que marcaron la comunicación de muchas generaciones, y que al final, por culpa de los móviles, serán solo una evocación nostálgica, quién lo hubiera dicho, gracias a aquel telefilme de terror protagonizado por López Vázquez en los años setenta. Con las cabinas, tan literarias y peliculeras, pero arrancadas con rigor municipal sin que nadie haya derramado una lágrima en homenaje a los viejos tiempos, pasa como con las canciones, que nos remiten a momentos y anécdotas de nuestra vida que mueren con ellas. Pero al menos queda el consuelo de que al fin hayan desaparecido todas de la faz urbana, dignificándose así su recuerdo.

Es peor el caso de los quioscos, que, más que simples expendedores de periódicos han sido y son foros de cultura popular y hasta de amistad entre el vendedor y la clientela fija. Están quitando de la vía pública, por feos e insalubres, los que echaron el cerrojo; esos que, habiendo sido la alegría del barrio y cenáculo de dimes y diretes sobre las novedades de las portadas o sobre lo que se terciara, encogían ahora el alma al verlos hechos una ruina solitaria. Pero lo más sangrante es presentir que otros irán detrás. Corren malos vientos para los quiosqueros, lejos ya la época gloriosa en que regentaban negocios boyantes donde todo coleccionable tenía asiento y demanda, ya se coleccionaran enciclopedias o vajillas, cuando los periódicos fidelizaban a sus lectores convirtiéndose en bazares. Aquella moda pasó y llegaron otras que también pasaron. Hasta que internet, y luego la Inteligencia Artificial, se instalaron en nuestras vidas para quedarse. Los quioscos de prensa, arrinconados por las nuevas tecnologías y el desprecio al papel, han pasado en la era digital a ser comercios deficitarios, sin relevo generacional y condenados a una muerte segura. Todos menos aquellos que han sabido diversificar la oferta con productos y servicios -los que permite la normativa municipal, que esa es otra- más acordes a los intereses del público actual, y este pide lo que sea menos periódicos y revistas.

Porque quién va a pagar por ellos cuando los tiene gratis –o desembolsando un precio irrisorio- con un simple tecletazo en el ordenador, la tablet o el móvil. Desde luego nadie verá a un joven con un periódico en la mano ni regalado. Solo permanecen fieles unos pocos románticos y los mayores, habituados a informarse por el conducto antiguo. Y los periodistas que hacíamos esos diarios antes de la invasión tecnológica o que, habiendo convivido con ella en sus primeros avances, no perdimos la fe en la pervivencia de la versión impresa, la de siempre, tan inútil ya. Ni que decir tiene que esa fe se va debilitando tan deprisa como nuestros huesos. Hay que rendirse a la evidencia, reconocer lo bueno de los tiempos modernos y ser conscientes de que no asistimos a una época de cambios sino a un cambio de época. Y mientras, confiar en que las redacciones no cierren del todo la vía del papel y lo mantengan siquiera testimonialmente en una especie de brindis por el pasado, del que los quioscos eran parte esencial.

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