Opinión | Hoy
Madre Fátima
Ha fallecido madre Fátima, nuestra monja jerónima, que vivió en el convento de Santa Marta desde el año 1943. Llevaba en sus manos, bondadosas, firmes, santas, una ramita de olivo, bendecida el Domingo de Ramos. Han fallecido 99 años de una vida en amor y silencio. ¿Podemos hacernos una idea de cuántas horas, días, lluvias, fríos, oraciones, penitencias y trabajos pasaron por el corazón de esta mujer? Para mí, cada vez que me llega la noticia de una fidelidad así, de una entrega así, se me ratifica la certeza de que, sin estar unidos al corazón de Cristo, no podemos soportar la vida; antes o después caemos agotados por el paso del tiempo, por la pérdida de seres queridos, por el arrasamiento de traiciones, abandonos y soledades. Para mí la resistencia de un alma así es la explicación de las palabras de Cristo: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí solo si no sigue en la vid, así tampoco vosotros si no seguís conmigo. El que sigue conmigo y yo con él, ése produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15). Así que aviso a caminantes idealistas: sin la unión con Cristo y su Espíritu Santo a través de la oración y el amor, nos resultará imposible mantenernos en ese camino que emprendimos, allá cuando fuimos jóvenes y estrenábamos la ilusión de cambiar el mundo; sin la unión con Cristo, o nos morimos o abandonamos o acabamos sumiéndonos en la podredumbre contra la que pretendíamos luchar, en la mentira de nosotros mismos, en la ceguera de nosotros mismos, hasta que nos convertimos en otro canalla más de los que tanto proliferan. Un día, muy lejano, decidimos, todo idealistas, luchar contra la injusticia. Pero luego llegó la realidad: el cansancio, la desolación del desierto en el alma, soledad por todas partes, abandonos, traiciones, sufrimientos; y ese algo que nos dijo que ya no podíamos más, que ya teníamos la justificación para el cansancio, y del cansancio, para la violencia, y nos secamos de corrupción, porque era imposible mantener día a día y dolor a dolor ese baluarte, cada vez más solos, cada vez más lejos, cada vez más débiles. Y nos convertimos en aquello contra lo que nos propusimos luchar. Madre Fátima ha entregado su vida. Sólo su corazón sabe cuánto ha amado y cuánto ha sufrido. Por eso, su muerte es otro ejemplo de que sin esa unión a Cristo, le hubiera resultado imposible andar su vida de fe. Ha sido una unión de amor y fidelidad a su compromiso. Porque el amor exige la entrega total, día a día y suceso a suceso. Ahora sólo nos queda madre María Gracia, otro ejemplo de entrega y santidad. Cuando se nos vaya, ¿quién continuará con esa luz?
*Escritor
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