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Opinión | Cosas

Bebel

El luto no se ha perdido. Simplemente se ha transformado. Ya no vemos los negros brazaletes sobre las camisas de tirillas de los hombres; ni la oscuridad de varios ciclos lunares con las que las mujeres se encomendaban a Bernarda Alba. Ahora es el perfil del guasap el que delata una desgarradora ausencia. De alguna forma, recuperamos los sarcófagos alejandrinos, cuando Egipto se había romanizado y el rostro del difunto sustituía el hieratismo de los dioses del Nilo por la pasmosa naturalidad de rostros tangibles por su contemporaneidad.

Mi padre ha muerto. De entre el sinfín de instantáneas con el que contener este elegiaco tránsito, he elegido para mi perfil la viveza de un joven noble y al tiempo insolente, dispuesto a comerse el mundo; de aquella imposible Nouvelle Vague de una España rancia en la que papá sufrió los cuatrocientos golpes de los vencidos: hijo de un alcalde republicano fusilado, que incluso se jugó el pellejo por defender la vida de sus adversarios frente a las razias del temible batallón de Jaén. El sino de la guerra quebró la formación superior de una mente preclara, pero no así el tesón de mantener el legado de mi abuelo: la educación como herramienta de la libertad, la prosperidad y la honradez.

Papá es una palabra generosa; nos la apropiamos y la adornamos de nuestro singular barroquismo porque es sincera esa exaltación al mejor padre, con el respeto y comprensión de los demás, al reflejarnos cada uno en nuestra particular historia. Permitan por ello que proclame que Antonio Ranchal Luna fue un gran hombre. Sí, en el sentido machadiano de la palabra; pues, en el albur de los designios, él mismo escogió su nombre en el hospicio. Mi abuelo lo había llamado Bebel, con aquella bocanada de libre pensamiento de la II República y todo el respeto hacia el cristianismo, decidiendo que tanto él como sus hermanos eligiesen su credo desde la maduración personal.

Si los nombres marcan su impronta, papá cumplió con la exigente inspiración de su padre. Porque Auguste Bebel fue uno de los puntales de aquel socialismo que entroncaba el movimiento obrero con el humanismo. Fundador del partido socialdemócrata alemán, fue un rotundo defensor de separar la lucha de clases de las agitaciones revolucionarias. Atacó las políticas expansionistas de Bismarck y rechazó las actuaciones discriminatorias contra la Iglesia católica. Fue un firme defensor del sufragio universal y del voto femenino, así como su postura favorable a la despenalización de la homosexualidad. Mi abuelo se inspiró en Bebel por considerar la religión como un asunto privado. Criticó el darwinismo social y aquella arrogancia europea para aplastar en China la rebelión de los bóxeres, para aguar esa equívoca supremacía del colonialismo. Aquel viejo socialismo, reflejado hoy en una pasmosa tasación de collares y en tantas espuertas de cinismo, parece una estrella que aún tilila, pero hace tiempo que ha muerto.

Auguste Bebel hizo el oficio de tornero para salir del hambre. Bebel, mi padre, se forjó en la construcción, pero antes que acallar las tripas se juramentó para dignificar su vida y salir de aquellas condiciones de miseria de los proscritos por la Victoria. En un andamio de la calle Sevilla, con aquella muchacha que servía en la casa de don Juan Barbudo, comenzó una historia de amor.

Papá es una palabra hermosa; la que nos dignifica y nos enorgullece. La que redondea tu existencia y, a pesar del dolor, nos hace celebrar la vida. En una fatídica y venerada carta, mi abuelo se despidió de los suyos hasta la eternidad. Quiero amoldarme a esas cuatro letras para buscar la eternidad en tu recuerdo. Gracias, papá.

*Licenciado en Derecho

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