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Opinión | CERCA DE ÍTACA

La mentira

Cuando la mentira, el odio atávico,el espíritu de venganza, la soberbia altanera y egoísta, la ambición desmedida, se asienta en cualquier tipo de grupo humano, la convivencia, la tolerancia, la honestidad y el compromiso social de entre sus miembros, desaparece como sal en el agua. Se subvierten las escalas de valores éticos, en donde todo vale, donde el fin justifica los medios, y la mentira atora otra mentira más grande, en una desenfrenada cadena que no puede tener fin. Esos valores innatos del alma-que eran inmanentes- quedan rotos como juguetes inservibles, y ya nada es importante, ni trascendental. Y así el escaparate de estas conductas, por desgracia, devienen de quienes tienen que ser ejemplo, como rectores de dichos grupos humanos. La sociedad pierde sus referencia y degradan sus conductas al mismo nivel ético, sin ningún tipo de medida, cautela o freno. Y ante esta situación, la única arma que puede reconducir este estado de cosas es el rostro ciego de la justicia y su balanza firme de aplicar las normas legales y la equidad.

El ego desproporcionado. El ahora. La inmediatez del juzgar, y la velocidad del momento y sus consecuencias, arrastran a algunos de sus componentes hacia una avaricia enfermiza, en un camino a ninguna parte, que solo sirve para realimentarse. Es doloroso decirlo, pero lo veo así…

La mentira, que es falsear la verdad intencionadamente, con la intención de confundir al receptor, para que tome una decisión equivocada, que a sensum contrario no lo haría, crear un sentimiento ficticio de confianza, en beneficio propio del mentiroso, y la maldad es mayor cuando afecta a decisiones importantes por parte del engañado.

Por otro lado tenemos en esta España de mis dolores, ese enfrentamiento atávico, al prácticamente en un cincuenta por ciento de sus naturales, de la pugna entre periferia y centro, y también de destrucción a todos los efectos del contradictor, que no piensa y siente igual, tal como en su renuncia al trono manifestó Amadeo de Saboya, donde decía que el enemigo estaba dentro y no fuera, y estamos hablando de mitad del Siglo XIX. Esta situación, de una lucha estéril, se ha venido produciendo históricamente en periodos álgidos de enfrentamiento, que todos conocemos, y otros laminados a partir de la transición política, después de la muerte del dictador que trató al pueblo como menor de edad, donde no hubo perdón, sino todo lo contrario, para que no olvidaran que hubo victoria y no paz. Un siglo XIX cerrado en falso con una guerra civil que duró prácticamente casi todo el siglo, entre liberales, reaccionarios, carlistas defensores de los fueros, borbones centralistas. Una fallida República que acabó como el rosario de la aurora y otra Segunda de infausta memoria, para pasar a una Monarquía nuevamente que no ha sido precisamente un dechado de virtudes. El cuadro de Goya, de los dos majos acometiéndose sin piedad.

Y termino con el miedo, que junto a la mentira, el egoísmo enfermizo, el enfrentamiento atávico y las posibles represalias que en su día vivieron nuestros, padres, abuelos, y nosotros jóvenes, atenazan y enmudecen la voz crítica. Todo ese coctel molotov se agita y puede llevar a consecuencias imprevisibles. También con miedo a las represalias por parte de los poderosos.

Por ello, como he dicho antes, en estos momentos, solo nos queda la justicia, con sus retrasos, errores y aciertos. Esa balanza ciega, que intenta con buena fe y profesionalidad dar a cada uno lo suyo. La garantía de la división de poderes.

Reseñar esta consideración que recoge el Sabio Averroes: «La perfección del gobernante en relación a su súbdito no estriba en ser gobernante, sino que ser gobernante sólo es consecuencia de su perfección». Paz y bien.

*Abogado

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