Opinión | Mamá está que se sale
Corazón de León
La visita de León XIV a España no se olvidará fácilmente. Ni tampoco pronto. Su visita ha desbordado nuestras expectativas, y no hablo de logística. Los que hemos conocido a varios papas podemos apreciar claramente el estilo de cada cual, y aunque todos sean sucesores de Pedro, el estilo personal de cada uno le otorga a cada papado un estilo bien distinto. Para mí, de los que he conocido, éste es el que me ha cautivado desde el principio.
Como la mayoría de los españoles, lo he seguido la por la tele, y por lo que me ha ido llegando de prensa o de reels, pero no es lo mismo que verlo en vivo, así que no he podido resistirme a hacer ronda de llamadas para trasladarme allí y ver, a través de otros ojos, cómo los miles de personas que han acudido a la llamada del Papa rezaban arrodillados a lo largo de toda la Castellana, en completo silencio. Una inmensidad humana que no se abarcaba con la vista, que en ese momento eran uno solo. Y cómo, en la misa del domingo, ya fuese en primera fila o debajo de los árboles, todos seguían el rito de la misa. El Papa ha llamado, y los cristianos han acudido.
Si en la vigilia del sábado hubo gentío, a pesar de tener que pasar los arcos de seguridad de cada acceso, en la misa del domingo las previsiones de afluencia directamente se desbordaron. Miles de personas se quedaron fuera del recinto sin poder acudir a la misa. Una circunstancia que, por cierto, en cualquier otro evento habría desencadenado una ola de disturbios.
Maria Luisa y Nacho fueron de los que se quedaron fuera. Callejeando, consiguieron llegar hasta la Iglesia de Santa Bárbara, donde coincidieron con otro gentío que también seguía la misa desde allí. Sin saber ni cómo, se encontraron con que ése era el templo desde el que salieron todas las comuniones que se iban a dar. Quién les iba a decir que, en sus bodas de plata, podrían comulgar en la misa del Papa, aun estando fuera del recinto. Los cristianos creemos mucho en esas casualidades a veces inexplicables.
Más tarde y con toda tranquilidad pudieron pasear por el altar en el que había estado León XIV, ver las alfombras de flores y la decoración que, esa misma mañana, habían estado poniendo los voluntarios, Eva entre ellos. El celo con el que se afanaron los más de 70 voluntarios que adornaron el altar hizo que estuviese terminado en un santiamén. Debe de ser desbordante el orgullo y la alegría de adornar el altar para el Papa.
Nos ha dejado una huella espiritual inabarcable y un poso de fe renovada no sólo en los miles de cristianos que salieron a la calle sin complejos, sino en todos los que lo hemos seguido. Su mérito ha sido predicar el Evangelio de siempre, inalterable desde hace dos mil años, pero iluminándolo a los ojos de hoy, para darnos respuesta a las complejidades de este cambio de era.
Ha hecho bien en ponerse de nombre León. En esta selva en la que vivimos, nos hacía falta un rey.
*Abogada
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