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Opinión | Calma aparente

Buenos momentos

Guardo las columnas de Isabel Coixet en el móvil para poder leerlas cuando la vida me concede una pausa. Si mi hija se duerme mientras paseamos, por ejemplo, me siento en cualquier terraza, pido un café y empiezo a leer, reclinado y con las piernas cruzadas, tan a gusto. A veces la leo en papel y el agua que acompaña al café está fría: entonces brindo con el viento. Aunque no la conozco, Isabel Coixet me cae bien. No es una postura racional, sino una predilección instintiva, un capricho cualquiera de los afectos. Además de talento, intuyo en ella una ausencia casi total de impostura (sin el casi, sería una patología). Por otro lado, no permanece ajena a los tiempos que corren, pero tampoco deja que estos la moldeen; sencillamente, sigue su camino. Es por todo esto por lo que, si alguien, con la intención velada de difamarla, desliza alguna declaración suya que ha generado polémica, finjo atención, porque soy una persona educada, pero no le hago ni caso. Le guardo lealtad por los buenos momentos que me ha reportado.

La semana pasada vi Tres adioses, su última película. Como siempre, están garantizados el ritmo pausado, no convulsivo, y el buen gusto en relación con la banda sonora (esta vez no suena Senza fine, pero se percibe su eco). La protagonista, una mujer que sabe decir que no, que sabe seguir pedaleando, recibe una mala noticia, la temida por todos, y la película muestra, a partir de ahí, la vida tal y como es, es decir, como algo bello y triste, bello y terrible: un llanto contra el que no se lucha, sino que baña una sonrisa. Los diálogos, por tanto, no se andan por las ramas ni caen en sentimentalismos tramposos, y el final apunta con el dedo al espectador. Además de lo dicho, cocina italiana y Roma vista a través de los ojos de Isabel Coixet, que cuida los detalles (no todos tenemos los mismos libros en casa, no siempre gotea el grifo de nuestra cocina, no se enmarca cualquier fotografía para decorar el salón), e intercala recuerdos en la narración con secuencias evocadoras y reconfortantes. Todos los matices, al final, resultan decisivos.

El tema central me quedaba demasiado cerca, lo tenía demasiado fresco; algunos espíritus asustadizos, de hecho, me hubiesen disuadido de que viese la película. Por suerte, no coincidí con nadie así. Esta vez, mientras todos dormían, me quedé en el salón y, arrellanado en mi orejero, con una botella de agua fría a mi alcance, pulsé el botón del mando. Las ganas pudieron más que el día a día. La vida me concedió una pausa, e Isabel Coixet me reportó otro buen momento.

*Escritor

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