Opinión | Tribuna abierta
Una pregunta incómoda
Hay informes que se leen y se olvidan, que pasan por nuestras manos como un documento más de la actualidad, entre titulares, debates políticos y preocupaciones cotidianas. Espero que no ocurra lo mismo con la memoria de actuación de Cáritas Córdoba, que se ha hecho público recientemente.
Y lo digo porque se trata de un balance que va más allá de la recopilación de datos y que deberíamos analizarlo como una especie de espejo molesto en el que la sociedad entera debería mirarse. Desde esta tribuna propongo que lo estudiemos partiendo de la máxima de que detrás de cada cifra hay una historia, desde una familia que no llega a final de mes a una persona mayor que necesita apoyo, sin olvidar a quien busca empleo sin encontrar una oportunidad estable o una vivienda que se no se convierta en una amenaza más que en un hogar. Lo peor que podemos hacer es quedarnos indiferentes, ya que describe una realidad que existe.
Este diagnóstico recoge que durante 2025 Cáritas acompañó a 19.103 personas en la Diócesis de Córdoba. Una cifra que por sí sola debería invitarnos a pensar qué está ocurriendo en nuestra tierra. Son miles de vecinos nuestros que han necesitado ayuda para afrontar necesidades básicas, vivienda, empleo, salud o educación. Son personas que viven en nuestra misma provincia, que compran en nuestras tiendas, que llevan a sus hijos a nuestros colegios, que forman parte de Córdoba, aunque a veces parezcan invisibles.
Uno de los datos más preocupantes es el relacionado con la vivienda. El texto señala que se ha convertido en la principal emergencia social y que más de 90.000 personas en la provincia viven bajo el umbral de la pobreza. También advierte de la dificultad creciente para acceder a un alquiler y de cómo muchas familias quedan atrapadas entre salarios insuficientes y unos precios que no dejan de presionar. Tener un techo debería ser la base de una vida digna en lugar de un privilegio.
Me parecería un error interpretar que las soluciones a estos problemas es una responsabilidad exclusiva de Cáritas o de las organizaciones sociales. La labor de estas entidades merece reconocimiento, precisamente porque muchas veces llegan allí donde otros recursos no alcanzan. Sin embargo, una sociedad comprometida hace mal en delegar en ellas toda la respuesta que se necesita.
Las instituciones públicas tienen también una responsabilidad esencial. Son quienes deben garantizar derechos básicos, diseñar políticas eficaces y prevenir que la vulnerabilidad se cronifique. Sin embargo, hemos llegado al extremo de que las entidades sociales son el último muro de contención cuando fallan otros mecanismos. La solidaridad organizada es necesaria, pero sin sustituir las obligaciones que corresponden a las administraciones.
Al mismo tiempo, la ciudadanía tampoco puede observar esta dura situación desde la distancia, como si fuera un problema ajeno o como si bastara con señalar a otros. Es demasiado fácil convertir la pobreza en un debate de competencias mientras olvidamos que estamos hablando de personas concretas. La pregunta incómoda es otra. ¿Estamos haciendo todo lo que podemos? Evidentemente, no.
Córdoba es una tierra que presume, con razón, de su patrimonio, de historia y de capacidad para acoger. Sacamos pecho de nuestros monumentos, de datos económicos o de proyección en el exterior, pero estaría bien que nos midiéramos igualmente por cómo tratamos a quienes atraviesan dificultades.
Informes como el de Cáritas se repiten esporádicamente, mostrando una crudeza a la que no podemos acostumbrarnos. El riesgo es precisamente ese, que la pobreza deje de sorprendernos porque se vuelva en algo cotidiano y que las miles de personas atendidas sean solo una cantidad más en algún cuadro estadístico de lectura rápida.
Los números deben servir para para reconocer el trabajo de quienes ayudan, sin lugar a dudas, pero también para preguntarnos qué sociedad queremos construir. Insisto en que buscar culpables es lo fácil, aunque asumir responsabilidades compartidas parece que nos cuesta. Una Córdoba más justa depende de las instituciones, de las entidades sociales y de la voluntad individual.
Porque cuando una parte de la sociedad se queda atrás, en realidad todos perdemos algo. En este caso, las cifras de Cáritas, antes que estadísticas, son una llamada de atención a toda la sociedad cordobesa. Si entendemos que la dignidad de los demás también forma parte de nuestro propio bienestar, nos irá mucho mejor. Seguro.
*Presidente de Comercio Córdoba y de Comercio Andalucía
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