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Opinión | Para ti, para mí

León XIV: Decálogo parala humanidad

Impactante viaje apostólico del papa León XIV a España, desde su llegada el 6 de junio, hasta su despedida el pasado viernes, con tres escenarios, -Madrid, Barcelona, Canarias-, que abrieron sus brazos de par en par a su silueta de Padre y Pastor, a sus mensajes clarividentes y desgranados con tanta serenidad como firmeza, con tanta bondad como respeto a la verdad, al diálogo, a cada una de las personas que formaban «muchedumbres entusiasmadas» o «colectivos personalizados». El Papa ha cumplido con exquisita fidelidad el lema de su visita a España, -«Alzad la mirada»-, y, sobre todo, ha sabido extender la «alfombra de su mirada, de sus manos abiertas y de sus gestos más cercanos, especialmente con la acogida y la bendición a los pequeñines, y el abrazo a enfermos, inválidos, encarcelados», para que recorramos ese «humanismo cristiano», mirando al Crucificado. Como eco de la visita del Papa, me atrevería a «concentrar» en un decálogo de urgencia sus «frases», sus «mensajes» más impactantes y con mayor repercusión en las conciencias libres y en la opinión mundial. Primero, «nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano». Segundo, «estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común». Tercero, que «la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy». Cuarto, «las ideologías, pasan; la verdad, permanece». Quinto, «la defensa de la vida humana es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona». Sexto, «es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. Séptimo, «creer no es algo caduco, ni debe ser desterrado de la vida pública: ¿En serio es posible creer que la Europa a la que tanto amamos, sería ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad?». Octavo, «una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». Noveno, «en un mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser «mártires», es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias». Décimo, «no debemos espiritualizar el dolor, reduciéndolo superficialmente a la «voluntad de Dios» o algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante. Recordemos lo que decía el Papa Francisco: con Dios, la vida renace siempre».

Este «decálogo» se nos queda corto, cortísimo. Pero quizá ofrezca las verdaderas claves que el Papa ha querido ofrecernos con mayor interés durante su visita a España. En síntesis: «El derecho debe servir al bien, la justicia pone límites a la fuerza, el poder necesita legitimidad, los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad, la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía». Gracias, mil gracias, Santo Padre, por «traernos a Dios en vivo y en directo» en tu semblante, en tus miradas, en tus palabras, en tus abrazos y bendiciones, en tus latidos de amor derramados a lo largo y lo ancho de toda España, con ecos mundiales. Y por haber «colocado» en nuestras conciencias libres con tanto mimo como ternura, a ese Dios, que como dijiste en tu exhortación «Dilexi te»: «es amor misericordioso y su proyecto de amor, que se extiende y se realiza en la historia, es ante todo su descenso y su venida entre nosotros para liberarnos de la esclavitud, de los miedos, del pecado y del poder de la muerte». Y el verso esperanzado del poeta Cirlot: «Mi alma es un incendio donde nieva / mi alma es una fuente enamorada».

*Sacerdote y periodista

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