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Opinión | Tribuna abierta

Finlandia

El médico de familia acudió a la casa de un paciente quien, debiendo guardar cama, no podía desplazarse a su consulta. Tras finalizar la entrevista, un vecino que lo visitaba les habló del centro de salud al que todos pertenecían y les dijo que en el barrio lo llamaban Finlandia. El médico, extrañado, preguntó la razón y el vecino afirmó que su arquitectura diáfana, la fluidez de su atención, la profesionalidad del personal, el ambiente tranquilo y ordenado contribuían a una comunicación amable que debía pertenecer a otras latitudes. El médico se preguntó si el vecino conocía el sistema de salud de Finlandia (él mismo solo sabía una parte), pero prefirió no indagar: no quería romper el efecto halagador que el comentario le había provocado y, a la vez, pensó que Finlandia era la metáfora de un estado ideal al que acercarse. Fuera o no real, la comparación funcionaba como una utopía esperanzadora. Y así, divertido y un poco orgulloso, volvió a su consulta del centro de salud Lucano.

Desde entonces han transcurrido unos diez años y ese mismo médico, ya jubilado, al observar las protestas de vecinos y sanitarios que cada lunes se concentran en las puertas del centro pidiendo mejoras en su funcionamiento, se pregunta si todavía lo llaman Finlandia. Porque han pasado muchas cosas: mientras en España se lucha contra un enemigo interior que destruye el estado del bienestar, Finlandia, la de verdad, se arma hasta los dientes temiendo una invasión exterior. ¿Sería posible mantener los fondos que necesitan la educación y la sanidad públicas, entre otras áreas, con los gastos que precisa una militarización acelerada del estado? En nuestro país vemos ese problema tan lejano como la distancia que nos separa del círculo polar ártico, pero encontramos signos que apuntan a un deterioro progresivo de logros que pensábamos que se habían afianzado con solidez.

¿Cuándo empezó el declive de centros de salud como Lucano? Quizá la pandemia hizo estallar unas costuras que estaban demasiado tensas y los desgarros nunca se repararon. El giro que supone pasar de un sistema público de salud, que sitúa a la atención primaria como su eje fundamental, a un sistema mixto, que favorece cada vez más a la sanidad privada en el que el papel de la atención primaria es casi inexistente, provoca cambios estructurales internos que hacen más lentas las respuestas a las demandas, facilitan la huida de profesionales hacia otros centros, incluso a otras ciudades, y si no ha mermado la motivación de los trabajadores, ha contribuido a que ese clima amable se diluya y se transforme en algo distinto.

Garantizar una educación y una sanidad públicas, gratuitas y universales constituye el núcleo del estado del bienestar, ese estado que prioriza el bien común y la igualdad frente a la desigualdad. Vivimos malos tiempos para que se mantenga una situación que, sin llegar a desarrollarse del todo, era percibida por gran parte de la población como un logro permanente. El miedo a su desplome se plasma en las grandes movilizaciones del profesorado a favor de la escuela pública en algunas autonomías y las quizá más atomizadas protestas contra el deterioro de la sanidad y su progresiva privatización.

El médico de cabecera jubilado, al ver las concentraciones en la entrada de su antiguo centro de salud, reconoce que su vida laboral transcurrió en un momento privilegiado, como privilegiada es la pensión que recibe (y quién sabe si sus hijos disfrutarán) y, como tiene más tiempo que antes para pensar, recuerda a Oscar Wilde para quien el progreso se construye con utopías y al vecino de Lucano que consideraba el centro de Lucano-Finlandia una utopía alcanzada. Pero ahora que la realidad se resquebraja y con ella el ideal que servía de modelo, se pregunta si debemos renunciar a esa utopía que, al menos parcialmente, se alcanzó y se convirtió en real. ¿Debemos dejar de aspirar a lograrla?

*Psiquiatra

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