Opinión | Cielo abierto
El Papa y nuestro espejo
La visita del papa León XIV es un punto de giro momentáneo que en nada modifica el curso de la historia. Ha venido a España Robert Prevost para ofrecernos, desde un silencio apacible, con palabras que podrían haber sido plomo ardiente en el corazón de las mujeres y hombres que las sientan y escuchen, un espejo en que seguir mirándonos. Pienso, por ejemplo, en Óscar Puente, entregándole la medalla de la Cofradía del Santo Descendimiento y del Santísimo Cristo de la Buena Muerte de Valladolid. Ante la vestimenta sin mácula y la sonrisa amigable del papa, el ministro de Transportes inclina la cabeza, en un gesto profundamente humano, contándole su evocación escolar de los agustinos vallisoletanos. Después le aplaude durante siete minutos su discurso. Siete minutos no son pocos, sobre todo teniendo en cuenta que una de sus tesis es evitar la polarización. Pues tras entregarle la medalla, volver a su pasado estudiantil y aplaudir siete minutos su discurso del Congreso, Puente publica en X lo siguiente: «Lo que hemos visto estos días es que Barcelona sigue siendo la de las olimpiadas mágicas del 92. Creatividad, buen gusto, precisión...y Madrid la del Relaxing Cup of cafe con leche en la plaza mayor. Almeida y Ayuso dignos herederos de la Botella». Más allá de la construcción gramatical, tienes a un ministro del Gobierno de España avivando la rivalidad Madrid-Barcelona, tras oír al Papa criticar la polarización y aplaudirle esos siete minutos. Escribo, claro, oír: no escuchar, que es algo más elaborado que interpretar sonidos y dejarse llevar por las pasiones, y que ha necesitado siglos de evolución humana.
El Papa ha venido, entre otras cosas, a decirnos que es mejor escuchar que andar a la gresca permanentemente. Estos días, al mismo tiempo, ha fallecido mi amigo Juan Moreno, un sacerdote que sabía escuchar con una bonhomía que te acercaba a la mejor versión de ti mismo. Me ha resultado extraño, en la distancia, seguir la visita papal mientras en Córdoba fallecía un buen amigo sacerdote, cuya vitalidad, sabiduría y hondura siempre caminará conmigo. Quizá no en lo que soy, pero sí en lo que aspiro a ser. Así nos construimos: a jirones de voces y de vidas que nos van cincelando, que nos van nutriendo, y que nos van dejando, lentamente, para quedarse dentro de nosotros.
Quiero pensar, también, pese al peloteo indigno de algunas políticas y políticos, que algo del espejo que el Papa deja en esta visita puede irnos mostrando una realidad en la que escuchar, y tratar de entender, no sea un milagro. O un sistema de valores que nos pueda devolver la bondad. Así escuchaba y escucha, en recuerdos que regresan, mi amigo Juan Moreno: con una luz que no se apagará.
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