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Opinión | TRIBUNA LIBRE

Ayuso y el majismo

La conquista feminista de enseñar el pie dio paso a la sociedad del placer. El adulterio empezó a formar parte de la etiqueta.

Les contaré una historia. En los estertores del XVIII español, al calor del reformismo ilustrado, se produjo una mutación sustancial entre las mujeres de las clases altas españolas.

La mujer pasó de ser guardiana austera del recato y la economía familiar a campeona de la sociedad del lujo. Influencia francesa e italiana que pobló la Corte de los Borbones.

El primer rasgo morfológico de esta arrebatada mutación cultural sería el «cortejo». Un varón que asistía a las mujeres que podían permitírselo, de manera personal e íntima, en paralelo al propio marido. La obsequiaba con todo tipo de favores y galanterías. Entraba en la habitación para despertar a la dama, descorrerle las cortinas, asistirla en el baño, asesorarla en el peinado, servirle el chocolate, acompañarla en la carroza y susurrarle tras el abanico, entonces una auténtica arma comunicativa en manos diestras.

Se trataba de amor blanco. O no. El marido celoso estaba mal visto, una antigualla. El lujo sobrevino repentinamente entre las señoras. Vestir la moda francesa fue obligatorio. Llegaron las tertulias a los palacios. Si se acompañaban de baile pasaron a llamarse «saraos».

La conquista feminista de enseñar el pie dio paso a la sociedad del placer. El adulterio empezó a formar parte de la etiqueta. Los palacios se adornaron, se llenaron de peluqueros, modistos, profesores de danza. La contradanza, que procuraba requiebros amorosos, se puso de moda. El lujo y el lucimiento estallaron. Los maridos se arruinaron. La mujer no ostentosa pasaba por miserable. La austeridad pasó de virtud a estigma. Las mujeres dejaron de valorar al marido noble. Eligieron al marido rico. La burguesía aprovechó su oportunidad para colarse en la alta sociedad.

Fue la sociedad de los petimetres (petit maître) y las petimetras, lechuguinos y lechuguinas que poblaron las cortes de Carlos III y Carlos IV. Carmen Martín Gaite describe este deslumbrante mundo en su Usos amorosos del XVIII español.

Enfrente estaba el pueblo. Exacerbando su rusticidad, sus maneras hoscas, espontáneas. Eran los majos y majas. Los chulapos y chulapones. Las «guapas». Gentes con descaro que poblaban Lavapiés, Maravillas, Embajadores, el Rastro, Sol. Pura bravura y locura que les llevaron a enfrentarse a los franceses el 2 de mayo en esos mismos lugares. Decidida oposición a los remilgos de petimetres y lechuguinos. Oponiendo su agresividad y chabacanería al manierismo cortesano. Toda una contracultura. Exhibiendo modos desafiantes, altivos. Frente a los violines cortesanos, las guitarras, las bandurrias, las castañuelas. Tabernas, fandangos, boleros y seguidillas frente a los minués de los salones. Los «tacos» como única literatura. Casticismo frente a extranjerismo petimetre.

Este esquema habría de romperse al morir el duque de Alba. Su hija, la nueva duquesa, Teresa Cayetana de Alba, fue encomendada a criadas de los barrios bajos de Madrid. Al paraíso de la chabacanería. Allí aprendió sus costumbres, sus tacos, sus ídolos (los toreros), su vestimenta, el pañuelo enrollado en el pelo con un pincho. Se crió en la universidad del majismo.

Cuando la mayoría de edad la devolvió a la Corte de Carlos IV se encontró con aquella extraña nobleza lechuguina. Cayetana quería brillar. Y lo hizo. En el único terreno que pisaba fuerte. Aquellos modos, atuendos, decires que mamó desde niña. Y los injertó en la nobleza. Y encandiló a la Corte y a los cortesanos. Y llenó de tacos las tertulias. Y llenó de guitarras los saraos. Y llenó de toreros los salones. Y los dormitorios. Y aquel trapo con pincho en la cabeza acabó convirtiéndose en la peineta y la mantilla, finalmente, rasgo indumentario en el protocolo monárquico. Arrebató a la Corte. Ganó la batalla cultural.

Hasta tal punto lo hizo que los Borbones adoptaron su impronta como una «política». El Majismo. Una suerte de populismo monárquico que consistía en gobernar para los poderosos, pero asumiendo los rasgos chulapos para ganar el favor del pueblo. Y los Borbones se empeñaron en ello de manera entusiasta. Casticismo, nocturneo, viacrucis por los prostíbulos y lupanares de Madrid, lenguaje llano, campechanía. Política que tantos rendimientos les ha producido.

Rastros de majismo hemos encontrado en los Borbones españoles hasta entrado el actual siglo. Pero, francamente, no creo que la fórmula se pueda aplicar al recatado Felipe VI.

No. Hoy quien encarna el más genuino majismo se llama Isabel Díaz Ayuso. La gran Ayuso. Heroína de hosteleros, cañas y «ex». Lideresa del descaro. Campeona de la fruta. Dueña del Dos de Mayo. Agustina de Madrid defendiendo a cañonazos la libertad. Libertad para luchar contra el autoritarismo y para promoverlo.

La gran Ayuso, secuestrando Sol para el Papa. Isabel a la cabeza de una innumerable rebelión de chulapos, peinetas y mantones de manila. Vitosquiles, ndongos y nachoscanos amenizando las ceremonias. Una arrebatada movilización sobre esta singular puesta en escena que ha forjado un apoyo ciudadano desconocido hasta hoy. Una adhesión popular que va más allá de los principios que defiende o de los postulados que declara. Incluso, más allá de los alineamientos políticos. Una masiva conformidad que tiene como única destinataria a la propia Ayuso. Su impronta. Si quieren, su donaire. Su tronío.

Y, desde luego, todo ello según las más sagradas reglas del majismo: al servicio de los poderosos. A los chulapos les «pone». A los petimetres les baja los impuestos.

Qué extraordinaria maja se perdieron los lienzos de Goya.

*Licenciado en Historia

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