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Opinión | Caligrafía

Las horas

El precio más obvio de las cosas que se cobran un precio es hacer las cosas a deshora. Posiblemente existe un momento idóneo en la vida para cada tarea, y puede anticiparse o postergarse, pero si se hace hay que vivir en las noches y las albas y convertir la vida en una especie de permanente vigilia, de permanente cansancio y ensoñación, tiene que convertirse la gente en habitante de varios mundos más o menos fantasmales, que se deshacen al cruzarlos. Pero cada hora tiene su ritmo y su aprendizaje y hay que amar lo que se hace por el acto mismo, el acto de teclear y leer o amasar o encuadernar o construir o dibujar, la mecánica de las tareas sean las que sean, que tienen que gustar. La cuestión es que a las 6 de la mañana la calle está medio animada, hay gente desayunando o en chándal, dando una vuelta, y algunos coches. Es una hora ya poco impresionante. A las 5 hay días solitarios y días de feria, es una hora muy esclava, de comprensión inmediata del que se cruza contigo. Es una hora de trabajo duro, menos diletante que las 6. Las 4 va siendo una hora de desierto, y la franja enloquecida de 2 y 3, en la que igual se está madrugando que no durmiendo, suele tener por compañía fija a Sadeco, que no falla, y algún coche perdido. Pero la cuestión es que si a estas horas salgo de casa y me acerco al despacho, siempre, siempre, veo encendida la misma ventana, una bombilla y la luz del televisor, y esa persona que desconozco es mi verdadero compatriota, y tal vez luego duerma ella o él, puede que viva como un vampiro noble, pero en ese momento me parece que la ciudad es nuestra solo, cada uno con sus renuncias y mínimas conquistas.

*Académico

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