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Opinión | Paso a paso

Mirada alzada

España ha recibido al Papa con esa mezcla tan nuestra de solemnidad y resquemor ideológico con que solemos tratar cuanto aún nos recuerda que hubo una patria anterior al telediario. Desfilan autoridades, se ordenan vallas, se multiplican micrófonos; pero lo importante no cabe en la aritmética de los asistentes ni en la espuma de las tertulias. Lo decisivo es que un hombre vestido de blanco atraviesa nuestras plazas como una pregunta antigua.

No viene a devolvernos una España de sacristía y reclinatorio, ni a imponer una nostalgia de incensario. Viene a ponernos delante un espejo incómodo. Porque España, que conserva catedrales, procesiones y campanas que nombran la tarde, ha aprendido a vivir como si Dios fuese una reliquia amable para adornar fiestas y entierros, pero no una presencia capaz de juzgar nuestras comodidades.

El lema de la visita -alzar la mirada- parece escrito contra nuestra época. Vivimos inclinados sobre la pantalla, doblados ante el resentimiento, arrodillados ante el consumo, encorvados por una política que ha sustituido la esperanza por el eslogan. El Evangelio lo dijo con una claridad que aún quema: «Alzad vuestros ojos y mirad los campos, que ya están blancos para la siega». Y acaso España sea hoy uno de esos campos: tierra cansada, endurecida por tanta intemperie moral, pero capaz de ofrecer una espiga si alguien mira más allá del polvo.

Alzar la mirada no significa huir del mundo, sino dejar de arrastrar el alma por el fango diario. Significa descubrir que el pobre no es un expediente, que el joven no es sólo un consumidor con ansiedad, que el viejo no es un mueble sobrante y que la vida humana no puede reducirse a estadística.

Más que los baños de masas, importa el gesto humilde: el Papa entrando donde la pobreza no tiene fotógrafos, escuchando a quienes suelen ser reducidos a cifra. Una nación puede llenar avenidas y seguir con el corazón tapiado si no deja que esa visita le desordene la conciencia. La fe verdadera no tranquiliza: despierta.

Habrá quien aproveche estos días para ajustar cuentas con la Iglesia, como si la visita fuese una agresión contra la modernidad. Y habrá quien la convierta en postal piadosa, en emoción de domingo, en aplauso sin conversión. Ambos errores se parecen: uno rechaza la pregunta y el otro la domestica. Pero quizá haya todavía una España secreta que no sabe rezar del todo y sin embargo espera; una España cansada de consignas, hambrienta de sentido, que reconoce en ese paso blanco una llamada.

La venida del Papa no resolverá nuestras discordias, ni reconciliará por decreto a una sociedad aficionada a desgarrarse. Pero puede recordarnos que ningún país se salva sólo con leyes, mercados o pancartas; que antes de reformar las estructuras hay que desenterrar el alma; y que una nación que no alza la mirada acaba convirtiendo sus templos en museos y sus hijos en peregrinos sin cielo.

*Mediador y escritor

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