Opinión | Lo que pasa y pesa
El regreso de un ideal que creíamos superado
La vuelta de la extrema delgadez ha llegado. Ya no se trata solo de que nuestras circunstancias faciliten o dificulten el autocuidado. ¿Quién tiene energía para entrenar o preparar un plato saludable después de 8 horas de trabajo, 2 de camino y la ansiedad por llegar a fin de mes? Lo siento, pero no es disciplina individual cuando el resultado depende, en gran medida, de un privilegio: contar con tiempo, dinero y salud mental.
Ahora, además, la presión se intensifica. El fenómeno Ozempic plantea una pregunta incómoda: ¿cómo hemos llegado a normalizar el uso de medicamentos creados para tratar enfermedades con el fin de acercarnos a un canon estético cada vez más estrecho e inaccesible? ¿Tan importante sigue siendo nuestra apariencia que estamos dispuestas a asumir posibles riesgos para encajar en un ideal corporal? Si la respuesta es sí, quizá debamos preguntarnos qué mensaje nos estaba transmitiendo realmente la cultura del bienestar. Porque con ello se desmonta uno de los discursos más repetidos de los últimos años: que debemos cuidarnos por salud. Si la delgadez vuelve a imponerse como objetivo supremo, incluso por encima del bienestar físico o emocional, queda en evidencia que la salud nunca fue el centro de la conversación. Lo era la apariencia. Y cuando la apariencia vuelve a pesar más que la salud, regresamos al mismo lugar del que creíamos haber salido.
Hemos perdido a muchas de las referentes que teníamos. Durante un breve periodo pareció que avanzábamos hacia una representación más diversa de los cuerpos, entendiendo que la belleza no responde a una única talla ni a una única forma. Los medios de comunicación y las pasarelas empezaban, al menos aparentemente, a abrir espacio para esa diversidad. Sin embargo, hoy vemos cómo muchas de esas figuras que simbolizaban ese cambio reaparecen con cuerpos mucho más normativos, mientras reciben elogios constantes por su transformación.
El problema no es que alguien decida adelgazar. Ese no es el mensaje que quiero transmitir. El problema es convertir un único tipo de cuerpo en el modelo al que todas debemos aspirar. Y muchas, al leer esto, pensaréis que estoy exagerando. Que hemos avanzado. Pero lo cierto es que lo tenemos tan interiorizado que apenas nos damos cuenta de cuánto espacio ocupa en nuestras conversaciones hablar de retoques estéticos, de alimentos prohibidos, de compensar excesos, de lo hinchadas que estamos, de la ropa que ya no nos queda igual, de una rutina interminable de cuidados y mejoras. Como si nuestro cuerpo fuera un proyecto perpetuamente inacabado e imperfecto.
No nos culpo. Sería injusto hacerlo. Hemos crecido en una cultura que nos ha enseñado a mirarnos desde fuera y a dedicar una cantidad desproporcionada de tiempo, dinero y energía a corregir aquello que supuestamente no es suficiente. Porque detrás de muchas de nuestras inseguridades hay una industria que se beneficia de ellas. Nos señala un defecto que hasta ayer ni siquiera considerábamos un problema para vendernos la solución. La lista nunca termina, porque su negocio depende precisamente de que nunca nos sintamos satisfechas.
Y por eso os pregunto: si viviéramos en una isla desierta, ¿seguiríamos queriendo ese cambio? Si todas sentimos que debemos cambiar, quizá el problema no esté en nosotras.
*Psicóloga
