Opinión | Escenario
Encuentro con el mar
Tenía cinco años cuando vi el mar por primera vez, pero no me sorprendió ni me impresionó. Fue como un reconocimiento; como si siempre hubiera estado dentro de mí. Hasta entonces, mis veraneos habían transcurrido en el campo y mis primeros chapoteos fueron en albercas y piscinas y hasta en el pilón que recogía el agua que manaba de una fuente, así que, más allá de las habituales abluciones, no me era ajena la refrescante y lúdica envoltura. Nada me extrañó del mar, en el que entré de la mano de mi padre y, enseguida, sola, agarrándome a una soga de seguridad, que flotaba gracias a unos corchos que la interrumpían de trecho en trecho. También era de corcho el flotador que me rodeaba la cintura. Las primeras nociones de flotación y nado me fueron impartidas por un barquero al que todo el mundo llamaba por su apellido -Caparrós, del que nunca supe el nombre de pila- que trabajaba de socorrista -salvavidas se decía entonces- en el Balneario de los Baños del Carmen, de Málaga, reconvertido actualmente en restaurante: El Balneario.
Recuerdo con exactitud el día en que floté sin ayuda y sin esfuerzo, sin luchar con el agua, sino dejándome llevar por ella. Siempre presente el sabor a sal, dentro del mar y fuera, cuando me secaba al sol y se hacía visible. Mi madre me decía que no me la quitase, que dejase actuar sobre la piel las sales marinas yodadas, cuyos efectos saludables y terapéuticos han sido reconocidos desde la más remota antigüedad. Y no le faltaba razón; la talasoterapia se basa en los elementos químicos del ambiente marino: agua de mar, sal, algas, barro, arena... y en las técnicas usadas para aplicarlos. Mejoran la inflamación de las articulaciones, favorecen el retorno venoso, limpian las vías respiratorias, nutren la piel y, desde luego, ayudan a reducir el estrés.
No he tenido miedo al mar tras mi feliz encuentro con él. Sólo una vez, lejos de la costa, desde el barco de unos amigos, me lancé a las aguas transparentes y limpias y, mientras nadaba alrededor, de pronto, tuve consciencia de la cantidad de metros que había desde mí hasta el fondo, y de toda la vida que se movía por allí. La inmensidad me aplastó, perdí la seguridad y sentí un frío desconocido. Ya en el barco de nuevo, me recobré, pero nunca he olvidado ese instante, tan oscuro como la profundidad que me aterró. Hoy se celebra el Día Mundial de los Océanos. Aparte de gestionar para ellos un futuro sostenible, libre de contaminación, podemos dedicar unos relajantes momentos a reflexionar sobre nuestra relación personal con los mares, donde comenzó la vida y la historia del ser humano que nos ha traído hasta aquí.
*Académica
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