Opinión | Memoria del futuro
Elogio de la ignorancia
A Daniel Inneratity con motivo de su Doctorado honoris causa por la UCO.
«Castilla miserable, ayer dominadora,envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora» A orillas del Duero.
A. Machado
Puede afirmarse sin caer en la hipérbole que nunca en la historia de la humanidad la acumulación de conocimiento científico ha sido tan grande. Hoy día, necesitamos más que nunca dicho conocimiento para dar respuesta a los retos cada vez más complejos que se plantean a nuestras sociedades. Sin embargo, la paradoja es que en la actualidad el conocimiento es tan alabado como denostado, casi a partes iguales. Y lo que es peor, la ignorancia, que era una carencia personal que solía ocultarse y que provocaba una cierta sensación de vergüenza o inferioridad a quien la poseía, ahora es exhibida impúdicamente. Algunos no solo se vanaglorian de no saber, sino que arremeten con desfachatez e impunidad contra la ciencia, los investigadores o, en general, contra muchos de los saberes consolidados.
Estas sociedades del postmilenio están llenas de negacionistas, terraplanistas, conspiranoicos de todo tipo, que sin aportar ninguna evidencia científica se permiten despreciar a quienes someten sus procesos de investigación a duros mecanismos de control, verificación y ensayo para llegar a conclusiones que están a disposición de la comunidad científica y de la sociedad en general. Daniel Innerarity cree que no es una lucha entre racionalidad y su contrario, sino que lo que existe es un cambio en quienes rechazan la racionalidad para apoyarse en otros valores más evanescentes. En parte, creo, prefieren vincular su incredulidad a sentimientos atávicos fundados en una suerte de fe, esperanza o ignorancia, para huir de una realidad compleja y explicar sus retos desde una simplificación pueril, más cómoda y fácil de digerir.
Un factor importante para considerar es que en nuestro tiempo el saber no es patrimonio de centros de investigación, departamentos empresariales de I+D o universidades. El acceso a múltiples y variadas fuentes de conocimiento produce una sobreabundancia de saberes que, en lugar de incrementar las certezas, dispara las incertidumbres. Quizá, entonces, el camino de la ciencia sería adquirir la capacidad de gestionar y controlar esas incertidumbres.
En todo caso, si tomamos el pensamiento de Thomas S. Eliot, vemos cómo la realidad es una experiencia compleja y con frecuencia atosigante que conduce a su famosa propuesta: «La humanidad no puede soportar demasiada realidad». En atención a ello, él propuso lo que justo he indicado más atrás, en el sentido de que la ignorancia en el mundo moderno conduce al peso de la tradición y a la búsqueda de lo trascendente, es decir, a lo irracional. Es mejor tratar de entender, pues, a los ignorantes de nuestros días en tanto que elogian su desconocimiento, aunque en realidad lo que persiguen es esconder sus miedos aplicando el viejo axioma de «ojos que no ven, corazón que no siente».
El ser humano tiene tanta capacidad para ignorar como para creer lo increíble si esto le da consuelo. De hecho, el origen de las religiones tiene esa raíz taumaturga, trascendente, mágica para dar explicación a aquello que la razón no alcanza a entender, especialmente al hecho de la muerte. La mayor parte de la historia de la humanidad ha permanecido sometida en gran medida a estos planteamientos prodigiosos. A partir sobre todo del siglo XVIII, se impuso la voluntad de saber, configurando la base de la ciencia moderna, lo que produjo en las siguientes centurias el mayor desarrollo humano conocido en salud, en industria, en alimentación y, en general, en todos los ámbitos de la vida. Los beneficios de la ciencia han sido innumerables, muchos más de los que se reconocen. También el conocimiento nos hizo abandonar postulados que nos liberaron de supersticiones absurdas o de creencias ancestrales ancladas en la mayor de las irracionalidades.
No obstante, el conocimiento es frágil y sobre todo es peligroso. No en el sentido bíblico, «la verdad os hará libres», que en realidad era el seguimiento de una sola verdad, sino en el sentido de que el conocimiento rompe las ataduras atávicas y proporciona al individuo la capacidad de discernir: la maldición del árbol de la ciencia, la manzana que permitía distinguir el bien del mal, que no es otra que la capacidad de superar la edad infantil del ser humano.
Uno de los mayores peligros que tienen las democracias actualmente es la dificultad que encuentran para hacer valer sus principios frente a la difusión de información sesgada, incompleta o falsa. Es el nuevo muro del siglo XXI. Aquí, han encontrado su hábitat todos los movimientos contrarios a los fundamentos en los que se ha construido la difícil armadura de los sistemas democráticos desde la Revolución Francesa hasta nuestros días. Por supuesto que la difusión de falsedades como arma política ha existido siempre; lo que no ha existido siempre es la capacidad de difusión de aquéllas a una velocidad de vértigo y a un universo social tan amplio como al que actualmente llegan las redes sociales. En este hábitat se mueve la ignorancia creada para permitir la difusión de la falsedad y para limitar la capacidad de pensamiento libre y crítico en las sociedades. De ahí la necesidad de difundir el desprecio al saber, la vanagloria del no leer, la información resumida a píldoras mínimas de saber y creer. En definitiva, el elogio de la ignorancia como valor político a inocular en futuros votantes y partidarios. No en vano la ultraderecha ha montado una guerra cultural y, cuando entra, por ejemplo, en gobiernos autonómicos, suele pedirse las carteras de cultura y, simbólicamente, en el gobierno Trump, al más ignorante de sus miembros se le confía la de salud.
Construir una mentira es fácil; difundirla lo es aún más. Destruirla es más complicado porque las personas tienden a confiar en determinadas instituciones a las que otorgan de entrada credibilidad. El clásico español era la reverencia a la gorra de plato, al púlpito y a la letra impresa. De modo que lo que simbólicamente representaban estas expresiones les otorgaba de entrada una garantía de verosimilitud y fiabilidad a lo que expresaban. Más allá de estos lugares, las universidades consiguieron a duras penas abrirse también un prestigio en la ciencia que salía de sus claustros y en las investigaciones que desde el siglo XVIII emanaban de sus laboratorios. Y, sin embargo, en nuestros días, su valor, el valor de los saberes que contribuyen a crear, es puesto muchas veces en tela de juicio; se desprecia el conocimiento racional y se sustituye por una suerte de devoción, como mucho, al utilitarismo técnico.
Para Kant, «la Ilustración es la salida del hombre de su inmadurez autoculpable», por eso él mismo animaba el conocimiento con su célebre lema «¡Atrévete a saber!». Hoy, en cambio, parece alzarse la idea contraria: ignora para ser más feliz; no pienses, que nosotros ya lo hacemos por ti. En nuestros días, para ser ignorante hay que tener voluntad de serlo, porque el acceso al conocimiento es casi universal. Así que hay toda una corriente ideológica que colabora en la forja de esa voluntad de no saber. Ese no saber les permite abrir su horizonte a una posibilidad incierta que oculte las certezas del futuro que la ciencia pone a nuestra disposición cada día. Y ahí radica su poder: en controlar el desconocimiento y fomentar el orgullo de la ignorancia. Difícil reto para la ciencia actual, pero sin conocimiento la democracia es imposible; ellos lo saben. Nosotros también deberíamos saberlo y hacer mucho más por defender el patrimonio que es la ciencia, el conocimiento y quienes dedican su vida a ello.
*Catedrático de la UCO
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