Opinión | EL CUERPO EN GUERRA
Morirse «de tristeza»
No es tan fácil morir de tristeza. De hecho, no es tan fácil morir y a la vez es facilísimo, porque lo que resulta extraordinario es que todos los sistemas de nuestro cuerpo funcionen a la perfección, acompasados. En menos de un año he estado a punto de morir 3 o 4 veces y no he muerto, no sé si por el afán de mi cuerpo de luchar contra todo pronóstico y aferrarse muy fuerte a la vida o porque albergue la naturaleza de mi abuelo, que se recuperó tras un ictus y siguió caminando hasta el último día con la tibia rota, pese al dolor.
Ni siquiera intentándolo resulta fácil suicidarse, acertar con el cuchillo o con la dosis exacta de medicamentos o que el cuerpo se rompa del todo al arrojarse a las vías o saltar desde un séptimo piso. Una movida, vaya. Así que ojalá se pudiera morir de tristeza, como han afirmado los familiares de Marjane Satrapi, aunque no soy la única que sospecha que tras estas «románticas» (dícese propias del Romanticismo, como pegarse un tiro delante de un espejo, a lo Mariano José de Larra) se esconde un suicidio. Y qué afán es ese de no llamar a las cosas por su nombre y reconocer con dignidad a las personas y arrebatarles su última voluntad: prescindir de lo único que tienen, su vida. Hay una valentía ahí que no merece ser escondida tras un «fallecimiento».
Un amigo me rebatía todo esto argumentándome que al final se trata de dejarse ir, de descuidarse, de rendirse, que aunque una se suicide siempre hay detrás tristeza, desesperanza. Entonces, ¿no estoy deseando lo suficientemente fuerte morirme? ¿Acaso no tengo una pena tan grande?
Si se pudiese morir de tristeza, no habría llegado a escribir esta columna o mis libros, a enfrentarme a la supervivencia ya la primera vez a los quince años. Simplemente, habría fallecido tras la muerte de la abuela, la pérdida más insoportable, el dolor más grande que he sentido nunca. O estas navidades, deprimida y con un deseo muy fuerte de no existir, o tras la muerte de Juanlu, cuando todo terminó de desmoronarse.
Cuerpo mío, escúchame más y con ganas: he aquí mi pena. Tómala, compréndela, acéptala, y llévame con ellos. O tendré que tomar medidas drásticas, pero ¿con qué conciencia podría abandonar a Toffee? Como canta Xoel López en su último disco: «Cuando el peso es mortal, / cuando todo te aplasta, / pero has de seguir / en la batalla.» Qué cansancio y hartazgo de tanta batalla no elegida... No soy débil o floja, simplemente hay un límite a cuanto se puede aguantar y yo lo traspasé hace demasiado. n
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