Opinión | Hoy
La tiniebla del maltratador
Hija mía, te escribo ahogada en la tiniebla de mi maltratador, diluida mi vida como espuma. Cuando desde la soledad de mi banco en el parque, te veo con otras niñas jugar, saltar, correr, quisiera protegeros de esta tiniebla. Un día salí a la vida, con toda mi transparencia, mis ilusiones y mis sueños de amar a un hombre, entregarle mi ternura y recibir la suya, besarnos por primera vez, y cogernos de la mano, y formar pareja, tener unos hijos, y juntos siempre, con esa unión irrompible que da el amar y ser amada, compartir alegrías y penurias. Pero la realidad del hombre con el que me engañó mi sueño me extravió, y ahora soy otro caso más de las muchas que vagan perdidas en esa tiniebla. Ni yo misma me veo, porque un maltratador es como el lobo de Caperucita, que siempre te confunde disfrazado de abuelita. Llegará deslumbrándote con su falsedad, su prepotencia sobre ti, aprovechándose de tu buena voluntad para perdonarlo y comprenderlo cada vez que te trata mal y te humilla. Hija mía, no confundas el comprender con el aguantar. Ese lobo me hizo creer que amarlo era entregarle mi libertad y ejercer su libertad sobre mí, sobre mi móvil, mis horarios, mis amigos, mi tiempo, mi cuerpo, mis sentimientos. Y yo cada vez me iba quedando más sola, hasta de mí misma, porque él me suplantaba hasta en mis pensamientos. El proceso de esa tiniebla siempre es el mismo; de la carencia de su ternura, llegué a sus gritos y sus desplantes, a sus manipulaciones y sus vacíos: de pronto aparecía, de pronto desaparecía; y de ahí, llegué al vilo de temer que cualquier cosa que yo dijera u opinase podría servirle de excusa para maltratarme, porque de pronto estaba muy cercano, de pronto me hacía el vacío y desaparecía. Cuando creía que yo podía liberarme, se acercaba, y cuando me tenía, me abandonaba. ¡Y vuelta a empezar! Y yo, detrás de él, porque ya no podía vivir viéndolo mal conmigo. Y así me aisló. Se ganó a mi familia y mis amigos, de tal manera que nadie me creía que fuera así, y me decían que era yo la que fallaba. Y así llegamos a las palizas. Y me quedé más sola, porque mi familia y mis amigos me dijeron que eran imaginaciones mías, que pobrecito él, que yo era muy exigente, poco comprensiva, que el amor requiere sacrificio. Ahora estoy amenazada de muerte. Y ya no puedo volverme para atrás, porque ahora que me he dado cuenta, no puedo dejarlo, pues pienso que yo soy la culpable de esta situación. Así estoy, hija mía. Tendría que ir a una psicóloga, pero ¿quién me cura el terror que le tengo a mi maltratador? Esta tiniebla es el infierno, hija mía. ¡Y ojalá yo no acabe como tantas han acabado, están acabando o acabarán!
*Escritor
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