Opinión | Un ser de lejanías
En recuerdo de Josefina Molina, una mujer inclasificable
Ha sido el personaje al que más veces he entrevistado, cinco o seis conversaciones publicadas a lo largo de décadas en este periódico -la primera, en 1990, al filo de la madrugada madrileña tras esperar un día entero a que acabara un ensayo teatral-. Fueron entrevistas de esas que dejan desfondado a quien responde, en su caso siempre con el corazón en los labios, pero también a quien pregunta. Y, sin embargo, después de tanto tiempo en que fuimos tejiendo una sincera amistad en la distancia –cada vez más corta, porque solíamos vernos cuando bajaba a Córdoba, ya sin grabadora de por medio- me queda la sensación de que no acabé de conocer a Josefina Molina, que el sábado pasado fallecía en Madrid a los 89 años dejando al cine, la televisión y el teatro de este país un poco más huérfanos. Será que al final consiguió, una vez más, lo que se había propuesto desde joven: ser inclasificable. Y, en cierta forma, misteriosa, lo que la envolvía en un glamur especial que nada tenía que ver con la sofisticación, sino más bien con un halo de independencia que hacía de ella un ser de lejanías, y por eso mismo fascinante.
La última vez que vi a esta cordobesa luchadora y autoexigente, fiel a sus principios y a sus querencias, fue hace ocho años, antes de disolverse en el silencio. Me reservó invitación para el reestreno nacional, en el teatro Góngora, de Cinco horas con Mario, la adaptación escénica que había hecho en 1979 de la novela de Delibes, convertida desde entonces en un clásico gracias a su dirección y a la desgarrada interpretación de Lola Herrera, todavía dispuesta a pasear la obra por donde fuera menester. Josefina me presentó en el cóctel posterior a la representación a la gran actriz vallisoletana, que la había acompañado también como protagonista de ese impagable experimento cinematográfico que fue Función de noche, un impúdico muestrario de pudores matrimoniales. Y me hizo gracia notar cierta pelusilla en la gran dama del teatro, acostumbrada al aplauso y los autógrafos, ante el cariño y atenciones que dispensaban a la directora sus paisanos.
Y eso que tímida, poco dada a la palabrería y con un miedo escénico que ni los múltiples premios cosechados le suavizaron, nunca había sido Josefina Molina persona que se ganara a la gente por simpática -podía ser seca y dura cuando se lo proponía-, sino más bien por su talento y entereza para agarrar la vida por los cuernos. Con Córdoba además confesaba en sus memorias, Sentada en un rincón, haber mantenido «una relación dual», pues a pesar de sentirse atada emocionalmente a la ciudad, supo desde muy temprano que tenía que distanciarse de ella para cumplir su sueño, que era traducir a imágenes la existencia. Se marchó en 1963, con el pretexto de estudiar Ciencias Políticas para no escandalizar a la familia, y acabó convertida en la primera mujer titulada en Dirección por la Escuela Oficial de Cinematografía. En eso y en ser pionera de la lucha feminista por romper barreras en el mundo del espectáculo serio y comprometido. Pero todo esto es ya historia, repetida estos días tras su marcha.
Yo prefiero quedarme con otras imágenes de Josefina, la mujer tierna y afectuosa que pude conocer, ya desprendida de la coraza de hierro tras la que se hubo de ocultar para abrirse camino en la profesión. O la cineasta que, después de varias películas que la catapultaron a la fama –no muchas, pero sí de mucho prestigio-, justo cuando en el primer decenio del siglo XXI le empezaron a llover los reconocimientos oficiales tuvo que refugiarse en la escritura, que se le daba muy bien, al ver resignada que la industria cinematográfica le daba la espalda –teníamos pendiente un trabajo que yo iba a hacer para la Academia sobre los proyectos que se le quedaron en el cajón-. Y me quedo con su respuesta cuando una vez le pregunté cómo quería ser recordada: «Como una andaluza que gastó casi toda la energía en romper la inercia de su tiempo –me dijo- y dedicarse libremente a lo que quería». Que así sea.
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