Opinión | El trasluz
El malentendido
El miedo no suele presentarse de golpe: negocia. Llama con la educación de un vendedor y espera a que alguien le dé permiso para entrar. A veces ni siquiera hace falta abrirle: basta con acercarse a la mirilla. Todo comienza con un malentendido. Un ruido en la noche, una frase ambigua, un latido que se adelanta. La realidad, que es neutra, pide traducción. Y la mente traduce. Si acierta, el miedo se disuelve como un error corregido. Si exagera, el miedo adquiere volumen. No es aún peligro: es posibilidad. Pero las posibilidades tienen la mala costumbre de parecer certezas. Luego interviene la razón, que no es estable, sino una voz fatigable. Trata de poner orden: «No es nada». Durante un tiempo funciona. Pero el miedo tiene paciencia. Repite su argumento con variaciones, como hacen los vendedores de paneles solares o de la salvación eterna. Y llega un momento en que la razón empieza a regatear con él. Ya no dice «no es nada», sino «quizá sí». Es la primera grieta. Entonces interviene el cuerpo. Se acelera el corazón, se acorta la respiración, se tensan los músculos. El organismo, que no distingue entre un peligro real y uno imaginado, se prepara para huir o luchar. Pero no hay de qué huir ni contra qué luchar. De modo que el cuerpo queda suspendido en una alerta sin objeto. Y esa alerta se vuelve inquietante. La mente la observa y se asusta de ella. «Algo va mal», concluye. Y así se cierra el círculo: el cuerpo asusta a la mente y la mente al cuerpo. El pánico aparece cuando ese circuito deja de tener salida. No es miedo a algo exterior, sino miedo al miedo. Un vértigo íntimo. La sensación de que uno ha perdido el mando de sí mismo. Quizá por eso el pánico se parece a una creencia. Como toda creencia, no necesita pruebas: le basta con imponerse. El miedo dice: «Podría pasar algo». El pánico corrige: «Ya está pasando». Y, sin embargo, si uno retrocede en el camino descubre que todo empezó con una interpretación. Con una frase mal traducida de la realidad. Como si el mundo hubiera dicho una cosa y nosotros, por error, hubiéramos entendido otra.

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