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Opinión | Sin fronteras

El Corpus Christi y su octava en Peñalsordo

En la Sierra de Burdía de La Serena pacense, sobre la falda del Cerro de Abajo, en el partido judicial de Castuera, se halla Peñalsordo. Asociada a los Zúñiga, fue declarada villa en 1631, permaneciendo en la Casa de Béjar. En 1834 quedó integrada en el partido de Puebla de Alcocer. Desde el quinientos celebra una fiesta de gran sincretismo que se asocia al Corpus Christi y a su octava, la cual ha sido declarada de interés turístico nacional. En ella juega un importante rol la Hermandad de Soldados del Santísimo Sacramento, que toma como símbolo al Señor y representa a un pueblo que refuerza su identidad con este ritual. La cofradía sacramental y comunal, que se ordena militarmente para honrar la sagrada forma, la preside un mayordomo perpetuo al que acompañan un capitán, un alférez y un sargento revocados anualmente, secretario, abuelo y abuela vitalicios, seis números elegidos entre cofrades y dos celadores del orden.

La fiesta tiene lugar en la vigilia del Corpus, continúa el propio día del Corpus y se prolonga en su octava y víspera. El primer día, el sargento, con espada y a caballo y seguido del tamborilero, sale a llamar a los cofrades al grito de «¡Alabado sea el Santísimo Sacramento!», al que responden «¡Por siempre alabado sea!». Con antorchas, símbolo de las que fueron atadas a los cuernos de carneros en el ataque al fortín, pasean al toque de tambor para dirigirse, mientras recogen a los cargos, al domicilio del bullidor. Luego marchan a la iglesia para proceder en ella al rezo. En el día del Corpus siguen igual ritual y, en desfile ordenado, escoltan la custodia vestidos con calzón negro, blusa blanca, levita azul, zapato y calcetín negro, y gorro negro con cinta blanca. En la plaza realizan el bandereo, siendo agasajados al término de la jornada en casa del capitán. En la vigilia de la octava saltan con los caballos sobre teas prendidas ante el hogar de los cofrades. Luego, desde casa del bullidor, acuden a la plaza para la mojiganga. Desde el ayuntamiento representan una sátira de los hechos locales acaecidos en ese año.

El domingo de la octava es día señero. Por la mañana, los hermanos, con mitra cónica y trajes floreados de época, a caballo y en burros enjaezados, tocan castañuelas y fingen pelea mientras se dirigen al Cacho Jesa (Dehesa) a correr los juegos de alcancía. Aquí, tras el acatamiento, algunos vecinos disfrazados de vaquillas se lanzan contra ellos mientras suenan salvas de escopeta. El abuelo y la abuela son salvados junto a su muñeco Rafaelito. Se oye la misa, tras la cual los cofrades zumban los cencerros que llevan a la cintura en un cortejo en el que asisten al Señor. Abuelo y abuela tocan castañuelas de cara a la custodia. En la calle se instala el altar sobre el que se adora al Señor. Antes de entrar en la iglesia los jóvenes forman un castillo humano, símbolo del que tomaran a los moros; acabada la procesión, hacen la reverencia ante el altar y ejecutan en la plaza el baile de la bandera. Luego, un par de jóvenes persiguen a los demás fingiéndose vacas bravas. Todo termina con un convite en casa del alférez. Por la tarde ceden las insignias para el año próximo: alabarda o pinche grande (sargento), bandera (alférez) y pinche chico o jineta (capitán). Cada cuatro años se celebran las alcancías de caballitos, y los cofrades más recientes, con armazón de caballo, lanzan al público huevos rellenos de harina y de serrín.

*Catedrático

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