Opinión | Paso a paso
Cines apagados
Hay ciudades que no pierden el alma de golpe, sino por pequeñas rendiciones: una fuente que deja de manar, una taberna que cierra sin despedirse, una plaza que ya no convoca a nadie, un cine de verano que se apaga como una lámpara en la alcoba de un enfermo. Córdoba, tan dispuesta a custodiar sus arcos de postal, olvida a veces que la memoria verdadera no sólo habita en los monumentos, sino en esos recintos donde la vida común aprendió a reconocerse bajo las estrellas.
Los cines de verano no fueron nunca simples negocios estivales. Fueron una forma cordobesa de respirar la noche. Allí acudían las familias con una liturgia que hoy parece arqueológica: la silla, el bocadillo, el murmullo del vecindario, el niño que preguntaba demasiado, el abanico batiendo el aire, la pantalla blanca recibiendo sueños en mitad del calor. En una época en la que todo se consume a solas, aquellos patios conservaban algo de ágora antigua: mirar juntos era también una forma de pertenecer.
Por eso duele que la ciudad deje pasar oportunidades para proteger espacios como la Fuenseca, Delicias u Olimpia. Se nos dirá que sostenerlos no es fácil, que las cuentas no cuadran, que tres meses de verano no bastan para mantener edificios castigados por el tiempo. Todo eso puede ser cierto. Pero una ciudad que sólo conserva aquello que produce beneficios inmediatos acaba convirtiéndose en una gestoría de sí misma. Y el patrimonio, cuando se mide con calculadora, termina pareciéndose a un viejo pariente al que se tolera mientras no dé gastos.
Cicerón escribió que la memoria es tesoro y guardiana de todas las cosas. Pero los tesoros, si no se custodian, se dispersan; y los guardianes, si se duermen, permiten que entren los mercaderes donde antes entraban los niños. No se trata de demonizar a nadie ni de fingir que la cultura vive del aire. Se trata de entender que ciertos lugares exigen una imaginación pública más alta que el expediente. Un cine de verano puede adaptarse sin traicionarse.
Lo que duele no es sólo una compraventa, ni siquiera una renuncia administrativa. Lo que duele es la sensación de que Córdoba llega tarde a proteger lo que la hizo íntima. Defendemos con razón la Mezquita, los patios, las callejas; pero a veces dejamos desamparadas las pequeñas patrias sentimentales, esos lugares donde la identidad está ocurriendo: en una película al fresco, en una risa compartida, en una noche de julio donde la ciudad parecía menos dura.
No son ruinas monumentales, sino ruinas posibles. Y cuando una ciudad empieza a negociar con sus recuerdos, conviene preguntarse qué quedará de ella si sólo sobreviven los espacios rentables y las memorias privatizadas. Córdoba debería comprender que hay luces que no pueden apagarse sin que oscurezca algo más que una pantalla. Un cine de verano no es sólo un lugar donde se proyectan películas. Es una forma de mirar juntos la vida antes de que la noche se cierre del todo.
*Mediador y escritor
- Indignación y rechazo en Priego de Córdoba por la entrada a la Fuente del Rey, protegida como BIC, de una concentración motera
- Muere un joven de Posadas de 25 años y otros dos resultan heridos en un accidente de tráfico en la A-445 en La Carlota
- Endesa actúa por un enganche ilegal al contador eléctrico de la iglesia de Las Margaritas
- El mercadillo de El Arenal debe cambiar de ubicación por el Córdoba Live y los ambulantes denuncian 'maltrato
- Este es el pueblo más fresco de Córdoba en verano: el refugio serrano donde el calor da una tregua
- El plan más exclusivo del verano en Córdoba: bañarse en una piscina de hotel sin hacer ‘check-in’
- La temporada de caracoles en Córdoba, a punto de terminar: 'La gente nos pregunta por qué nos vamos ya
- Cordobés, ¿vas a Fuengirola este verano? Este es el chiringuito ‘must-have’ de Paco Morales en la Costa del Sol
