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Opinión | Entre líneas

En tu casa o en la mía

Hace un tiempo estaba documentándome sobre el Festival de los Patios en su época de mayor esplendor (llegó en cierta forma a eclipsar al propio Concurso Municipal de Patios) y me topé con la convocatoria en una de aquellas ediciones de principios de los años 60 en el que el evento principal era un concierto, ni mucho menos pensado para un público joven, que comenzaba... ¡A las 12 de la noche! Una hora de comienzo hoy impensable.

También hace relativamente poco leí un estudio sobre la evolución de los horarios de la Semana Santa cordobesa, con un hora de salida de media que, salvo algún año aislado, cada vez se adelanta más a la tarde, muy al contrario que hace medio siglo, cuando la media para salir del templo estaba por encima de las 9 de la noche y prácticamente toda la Semana Santa se vivía en tinieblas. Incluso viene a mi memoria como hace muchas décadas cada barrio de Córdoba, y más en el centro, tenía uno o dos locales donde se mezclaban madrugadores, trabajadores de turnos de noche y trasnochadores hasta ya bien alto el sol, auténticos ‘After hours’ populares antes de que se llamaran así a esos locales de amanecida para jóvenes de los 80 y los 90, que también han ido extinguiéndose. O la misma Feria, que en sus primeras ediciones en El Arenal se celebraron sin que las casetas tuvieran hora de cierre obligado.

En todo caso, y sin llegar al extremo de la sosería centroeuropea de que no se vea a un alma en la calle a partir de las 20.00 horas, parece que desde 1985, año en el que entramos en la UE, la cuestión de los horarios y las fiestas es el aspecto en el que los españoles nos hemos vuelto más ‘europeos’, en el sentido más aburrido de la palabra. Puede que la reducción del salario medio frente a un nivel de vida que ha ido subiendo continuamente, que haya menos jóvenes con un poder adquisitivo aceptable, el aislamiento infantil y juvenil frente a una pantalla o crisis tan importantes como la de la pandemia hayan contribuido a que nos hayamos vuelto más caseros. Pero llama la atención que sea justo cuando tener casa es el gran problema que perciben los españoles como el más acuciante. En eso, lamentablemente, no nos hemos vuelto tan europeos.

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