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Opinión | Cosas

El hijo pródigo

León XIV no es el primer Papa que visita España. Pero las expectativas creadas parecen trascender anteriores periplos pontificales. Las vísperas de su recibimiento de alguna manera podrían entroncar con las ostentaciones de cuellos de visón y ternascos argentinos de Eva Perón. O las genuflexiones por ese viraje de la baraka del caudillo al agasajar al presidente Eisenhower, aunque de Mr. Marshall solo conocimos el rebufo de Berlanga.

Es cierto que los obispos de Roma antes no viajaban; y si lo hacían, se pertrechaban con coraza como Julio II, para ganarle terreno a los Estados pontificios y racanearle los estipendios a Miguel Ángel. Lo de los periplos transatlánticos del obispo de Roma son casi tan recientes como los viajes del Imserso a Benidorm. Juan Pablo II desplegó su inicial vitalidad en esos besos a pie de pista; las amonestaciones a Ernesto Cardenal y de paso a toda la Comunión de la Liberación; azuzando al mismo tiempo a la juventud católica en esos encuentros mundiales que se asemejaban a unas Olimpiadas marianas.

Al igual que el «Cosas veredes, amigo Sancho» es una extendida y apócrifa imputación al ‘Quijote’, los dos viajes de Benedicto XVI no se hicieron en legislaturas marianistas, sino durante la presidencia de ZP, el ángel de la izquierda caído. Acaso sea por la fuerte impronta de plazas fuertes del PP -Madrid y Valencia- y porque Rajoy y Ratzinger compartían, junto a la letra inicial de su apellido, la poca inercia de sus seguidores de encender móviles o mecheros en sus congregaciones.

Con las consecuentes distancias, a mí León XIV cada vez me recuerda más en su pontificado a Pablo VI. El papa Montini tuvo en 1965 la intención de visitar nuestro país, pero el franquismo le hizo el ‘vade retro’. Añorados tiempos bajo palio los de Pío XII, porque aquella firme enemistad culminó con la condena de quien concluyó el Concilio Vaticano II, condenando enérgicamente los fusilamientos del 1 de octubre. El dictador murió en la cama, pero con el axioma de morir matando. Aparte de sus rarezas franciscanas, el catolicismo tradicional no le perdona a Bergoglio el esquivar suelo hispano, como si el peronismo si aliase con el indigenismo y se mostrase descaradamente partidario de Bartolomé de las Casas frente a fray Toribio de Benavente, comúnmente conocido como Motolinia. Pero Francisco le dejó entre sus deberes a su sucesor visitar Canarias, la Lampedusa de mares más peligrosos.

En las logias vaticanas se ha plantado Pedro Sánchez. Sabe que la escena internacional es su último comodín. Y que aquella alianza de civilizaciones que pergeñó quien ahora especula con collares como el duque de Buckingham se fue definitivamente por la gatera. El sanchismo no tiene fuerzas para montar un cisma cual Enrique VIII, y busca la causa común de Prevost por la inmigración para estirar esa parafina de cinismo. Su última y desafortunada pirueta ha sido excusar el adelanto electoral en la desidia y esfuerzo que supone negociar una investidura, asociando esta nada a la estabilidad.

Sin bajarse de su arrogancia, Sánchez ha venido a postularse para merecerse las prebendas del hijo pródigo; sin más contrición que inflamar su narcisismo. Presumiblemente no ha existido secreto de confesión, pero no muy lejos de la colina vaticana se encuentra el Foro, allí donde Catón el Viejo pronunció su fulminante frase contra los cartagineses. No faltan católicos practicantes en las reducidas huestes socialistas; los mismos que algún día confesarán que de pensamiento, y luego quizá de palabra y obra, soñaron dirigir el ‘delenda est’ hacia el sanchismo como la última bala de la izquierda.

*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor

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