Opinión | Calma aparente
Vino y albero
¿Éramos tan feriantes o tan solo éramos muy jóvenes? Recuerdo ferias durante las que revisaba la hora obsesivamente para cerciorarme de que todavía quedaba un ratito más. El final de la noche era peor que el coco. Pisar el albero activaba una cuenta atrás. La fiesta, efectivamente, llevaba consigo un puntito de ansiedad. Además, podía ir a la Feria de pronto, sin preaviso, aunque hubiese dicho que no iría cinco minutos antes; se alargaba una cena y, en un parpadeo, estaba de vuelta en El Arenal. No había nada que sopesar. No importaba el día de la semana. Me duchaba, desempolvaba los zapatos y me lanzaba a las casetas sin remordimientos ni resaca. Así transcurrían los días de feria hace años, sin importarme si sonaba flamenco o reguetón.
Podría concluirse que la Feria no era sino una excusa para salir de fiesta, que lo mismo me daba una caseta en el recinto ferial que una verbena en Portillo, y tendría algo de cierto esa afirmación. Sin embargo, ahora que ha pasado el tiempo, diría que no es así. Ya no puedo perder tanto tiempo ni tanta energía; no dispongo de ráfagas, sino de disparos certeros. Pero justamente eso me ha permitido observar la Feria con más claridad, por lo menos durante una o dos horas. El primer sábado cometí el error de comer fuera e ir al albero después de la primera copa, así que apenas me enteré de nada, todo se redujo a bullicio y cansancio (los días de feria valen por diez), pero el jueves me resarcí.
Llegamos a la hora del aperitivo, y éramos dos, no veinte; es decir, las conversaciones tenían sentido. Pude incluso observar a la gente de camino. Cada uno exteriorizaba las ganas de jaleo a su modo; unos caminaban concentrados, con prisa aun sin llegar tarde; otros iban relajadísimos, tanto que detenían el paso para reírse a gusto, y luego estaban los influencers, que suelen ser espectaculares en las fotos y ridículos cuando se las hacen. Todos iban equipados para exprimir el día, ya significase eso llevar americana o sandalias (esto último lo considero deporte de riesgo). Encontramos hueco en la caseta del Círculo, a la que este año le han dado el segundo premio porque un triplete es una cosa ordinaria ya. Allí comimos y bebimos sin agobios, rodeados de mujeres vestidas de gitana que bailaban con gracia y picardía, como diría un cronista del siglo pasado. Y reviví las ganas de detener el tiempo, aunque ya no temiese el amanecer, sino el anochecer. La Feria es un festín poliédrico, no solo una excusa para emborracharse, y renueva la expectación sin tener que celebrarse cada cuatro años.
*Escritor
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