Opinión | Escenario
Inglés y sevillanas
Hace unos días, en pleno regocijo ferial, mi amiga Mª José me comentó que, cuando su marido y ella diseñaron el plan de educación y formación de sus hijas, estuvieron de acuerdo en que, respetando preferencias y vocaciones, era imprescindible que aprendieran a hablar inglés y a bailar sevillanas. Los motivos de lo primero están claros, sobre todo para los que pertenecemos a la generación que dio preferencia a una lengua romance -el francés- aunque ya el inglés se perfilaba como el idioma del futuro. Dada la amplia y duradera colonización inglesa en casi todos los continentes y que los aportes tecnológicos estadounidenses lo consagraron como lenguaje científico, por no hablar de las influencias musicales anglosajonas, era de esperar el triunfo al que hemos asistido. Lo del chino lo dejaremos para mejor ocasión. A lo que vamos: Las hijas de Mª José hablan inglés perfectamente.
Y también aprendieron a bailar sevillanas, que se han convertido en el baile más popular de Andalucía, otro vehículo de comunicación, pero antes de llegar a esta plenitud, no todo el mundo sabía bailarlas; sólo aquellas mujeres cuyas madres tuvieron visión de futuro. No como ahora, que en cuanto suena el primer acorde salen todas en tropel. Se nota que han asistido a clase. Lo de la gracia es otra cosa -qué me van a decir a mí- las hay que, casi sin moverse- derrochan arte y las que por mucho que se muevan, no consiguen que sus brazos dejen de parecer aspas de molino; pero es meritorio que hagan el esfuerzo. Los hombres, en cambio, deben ponerse las pilas y acompañar. Algunos se aprenden los cruces, se recogen la chaqueta, ejecutan unos cuantos pasos y dejan el protagonismo a la mujer; también es meritorio y de agradecer. Otros se refugian en la barra del bar y contemplan con escepticismo las idas y venidas que se producen en el tablao.
Las sevillanas, cuyo origen se remonta a las seguidillas castellanas, en Andalucía se aflamencaron y al mismo tiempo tomaron influencias de la escuela bolera. Las cuatro coplas -las cuatro coreografías- narran una historia de amor: conocimiento y presentación; enamoramiento; enfado (zapateado); reconciliación y amor. Algunos hombres las interpretan como una corrida de toros: lo supe cuando un amigo de Madrid, en la Feria de Málaga, me invitó bailarlas. Me quedé asombrada cuando -sin paliativos- me toreó. En la primera, me picó; en la segunda, me puso las banderillas; en la tercera, me hizo unos cuantos pases de pecho y unas chicuelinas; y en la cuarta, me mató. Se esforzó y tiene disculpa. Además, seamos justos: también hay quienes hablan el inglés fatal.
*Académica
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