Opinión | Tribuna abierta
La sequía sigue ahí
En esta tierra tenemos la atrevida costumbre de reaccionar con vehemencia cuando un problema está encima de la mesa y de relajarnos cuando la amenaza se aleja. Ahora que la primera ola de calor ya está aquí, nos puede pasar lo mismo con la sequía. Basta con mirar el nivel de los embalses para comprobar que el debate público sobre el agua se ha diluido. Pantanos como el de Iznájar, el mayor de Andalucía, presentan niveles impensables hace apenas un año y medio. Las restricciones han desaparecido en buena parte del territorio y el abastecimiento urbano ya no ocupa titulares. Pero precisamente en este momento, cuando la urgencia no apremia, las administraciones deberían demostrar que han aprendido algo de lo vivido antaño.
La situación de alarma de 2024 fue uno de los avisos más serios de que el cambio climático es una realidad incuestionable. Andalucía estuvo al borde de una situación crítica. Se aprobaron sucesivos decretos de sequía, se impulsaron medidas de emergencia y se llegó a plantear el transporte de agua en barcos hacia puntos especialmente castigados de la costa. También se aceleraron los proyectos de desaladoras portátiles, sondeos, reutilización de aguas regeneradas y obras de emergencia para garantizar el abastecimiento humano.
Aquella fotografía de pueblos pendientes de restricciones diarias (que pregunten en Los Pedroches y en el Guadiato), agricultores mirando al cielo con angustia y sectores económicos enteros preguntándose cuánto tiempo podrían resistir nos queda lejana. Por eso, el riesgo que asumimos es caer otra vez en el olvido, como si las lluvias de los últimos meses hubieran resuelto el problema estructural del agua. Y no, sigue sin resolución.
La diferencia entre una gestión sensata y otra improvisada se mide después de haber rebasado la emergencia. En medio de una crisis, todas las administraciones anuncian planes, movilizan recursos y multiplican sus comparecencias. Lo verdaderamente trascendente es comprobar qué ocurre cuando desaparece la presión mediática.
Andalucía y Córdoba saben qué necesitan. Hace años que se habla de interconexiones entre sistemas, modernización de canalizaciones, reducción de fugas, ampliación de depuradoras, reutilización de aguas, nuevas infraestructuras de desalación o más embalses. La pregunta ahora es si se van a ejecutar de verdad o volverán a quedarse atrapadas entre la burocracia, las disputas competenciales y los calendarios electorales que están por venir.
Las excusas se han agotado y nadie puede alegar ya sorpresa. La sequía ha dejado de ser un episodio excepcional para convertirse en un fenómeno cíclico. Lo dicen los expertos, lo confirma la evolución climática y lo entiende cualquier ciudadano que haya vivido los últimos veranos aquí. Habrá más periodos secos e intensos. Y cuando regresen, la sociedad no entenderá que sigamos en el día de la marmota, debatiendo las mismas actuaciones pendientes desde hace décadas.
La responsabilidad en todo esto es compartida entre las administraciones, pero eso no puede servir como coartada para acomodarse en la parálisis. Todas las instituciones públicas tienen obligaciones en materia hidráulica y la ciudadanía también tiene la responsabilidad de lanzarles el mensaje nítido de que el agua no puede seguir tratándose como un asunto secundario hasta que los embalses bajen al límite de la alarma social.
La provincia necesita certezas, porque sin agua no hay desarrollo posible, ni tampoco empleo, inversión o equilibrio territorial. En 2024 se pidió sacrificios a los cordobeses y a los sectores productivos. Se reclamó ahorro, responsabilidad y comprensión ante decisiones extraordinarias. Ese esfuerzo colectivo solo tendrá sentido si ahora nuestros gobernantes cumplen su parte. Sería difícil explicar dentro de unos años nuevas restricciones severas mientras siguen pendientes las obras consideradas prioritarias.
Las lluvias recientes han traído alivio, pero también una oportunidad. Andalucía puede aprovechar este momento para prepararse con inteligencia y sin improvisaciones. Es mucho más eficaz construir infraestructuras desde el sosiego que desde la urgencia. Con estas reflexiones un servidor no trata de generar alarmismo, sino de estimular la memoria. Tras lo ocurrido, huelgan los debates partidistas interesados y los cálculos políticos de corto alcance.
El amable eslogan de que el agua es vida, debe hacernos pensar en que la lectura profunda de la frase es que sin agua lo que existe es la nada. Mirar hacia otro lado sería un error. Parménides de Elea, el filósofo que al que hacía referencia recientemente con buen tino un columnista de esta casa, decía que «la razón acabará por tener razón». La sequía, aunque desenfocada, sigue ahí. Y volverá.
*Presidente de la Federación Provincial del Comercio (Comercio Córdoba)
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