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Opinión | El ángulo

Celia Fernández PrietoCARMEN LUMBIERRES

La prisa y la verdad

Sentada en un rincón, así tituló Josefina Molina su breve autobiografía (2000), poniendo de relieve su lugar elegido para mirar el mundo, para imaginarlo y proyectarlo en los planos y las secuencias de sus filmes, documentales y series de televisión. Pero conquistar ese rincón estratégico junto a la cámara no le fue fácil. Josefina Molina nació en 1936; en el ambiente gris y cerrado de la Córdoba de posguerra, el cine y los libros alimentaron sus fantasías. En su memoria hay un momento decisivo, ese momento que, al decir de Borges, un hombre (una mujer) sabe para siempre quién es: la visión de la película El río, de Jean Renoir, un fragmento de vida que pasa como pasan las aguas de un río. Era una adolescente, y supo entonces que quería dirigir cine. Seguramente se trata de un recuerdo reelaborado, pero revela el despertar de una firme voluntad de llegar a ser la que quería ser. Con su trabajo y su inteligente sentido de la realidad encontró los resquicios para rebasar los esquemas con los que se ahormaba el destino de las mujeres en aquella España integrista en la que le tocó vivir. Logró ser admitida en la Escuela Oficial de Cinematografía y graduarse en Dirección en 1969, se entregó apasionadamente a su oficio y supo sacar partido de lo que tenía a mano. Nunca cultivó el victimismo. No perdió el tiempo lamentándose. Trabajó para llevar al límite lo posible, y de esa valentía salió una obra cinematográfica de referencia en la que destaca una película insólita, experimental, política sin pretenderlo y feminista sin proclamarlo: Función de noche (1981).

Conocí a Josefina Molina hace casi veinte años y tuve el privilegio de compartir con ella viajes, cenas, celebraciones, homenajes. Apenas he conocido a alguien tan desprejuiciado, libre y generoso; era tímida y valiente, radical y dialogante, valedora de un feminismo que arraiga en bases racionalistas y humanistas, desde la lucidez de que la igualdad es un empeño largo y constante y desde iniciativas que abrían espacios para las jóvenes cineastas como la creación de la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales (CIMA) en 2006. Ese es su legado ético y estético.

Se nos ha ido Josefina Molina con la discreción que la caracterizó; la imaginamos para siempre sentada en ese rincón, concentrada en su deseo: «He visto transformarse la realidad en ficción y la ficción en realidad; un juego apasionante de mil facetas y colores ha puesto ante mis ojos el genio de un actor o actriz en una metamorfosis prodigiosa, la sensibilidad de un operador de cámara, el sentido del ritmo de un maquinista moviendo un travelling o la capacidad de un director de fotografía para iluminar un mundo que parecía muerto. En cada película -ya fuera para cine o para televisión- he vivido una aventura llena de riesgos y sorpresas. No he sabido ni querido vivir sin estas emociones». n

Con la nueva entrada de la UCO en las dependencias del PSOE, se han vuelto a activar reflejos que parecían archivados en la memoria de los años noventa. La aceleración vertiginosa de titulares, las interpretaciones maximalistas antes de conocer el contenido judicial exacto, las declaraciones políticas instantáneas y esa sensación de fin de ciclo que en España siempre encuentra comentaristas dispuestos a certificarla antes de tiempo.

Lo más revelador quizá no ha sido la actuación judicial en sí, sino la velocidad con la que parte del sistema mediático y político ha rellenado, cuando no anticipado, los huecos de información. Algunos medios daban prácticamente por acreditada una investigación por financiación irregular cuando los datos disponibles eran todavía parciales y la propia naturaleza de las diligencias exigía cautela. Otros, en cambio, optaron por ajustarse a los hechos conocidos, diferenciando entre indicios, sospechas, hipótesis y delitos acreditados. Esa diferencia es la frontera que separa el periodismo del activismo y a la información de la agitación.

La escena recuerda inevitablemente a la España de 1993. También entonces coexistían desgaste institucional, tensión judicial, filtraciones interesadas y un clima político dominado por la sospecha permanente. No deja de resultar paradójico escuchar hoy a algunos protagonistas de aquella época reaparecer como referencias morales absolutas. José María Aznar recuperando ecos del «el que pueda hacer, que haga», o Felipe González reclamando elecciones anticipadas, cuando su propio final de ciclo entre 1993 y 1996 estuvo marcado por una larga agonía política y judicial que erosionó profundamente la confianza pública. La memoria histórica debería servir para aportar perspectiva, no para practicar amnesias selectivas.

Pero el problema de fondo no es solo político. Vivimos en una aceleración informativa incompatible muchas veces con los tiempos de la justicia. Una investigación judicial requiere meses o años, una red social exige conclusiones en minutos. Ese desfase genera un terreno abonado para la especulación y el ruido. Y además produce el efecto corrosivo de que sí todo se presenta como escándalo definitivo, la ciudadanía termina perdiendo la capacidad de distinguir entre hechos graves o exageraciones interesadas.

Por eso el rigor informativo se ha convertido en una cuestión democrática de primer orden. Informar con prudencia no significa proteger al poder, significa proteger la credibilidad de las instituciones y el derecho de los ciudadanos a comprender qué está ocurriendo realmente. Algo tan sencillo como respetar los hechos antes de fabricar conclusiones. n

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