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Opinión | Tribuna

Josefina Molina (1936-2026): 'in memoriam'

Sentada en un rincón, así tituló Josefina Molina su breve autobiografía (2000), poniendo de relieve su lugar elegido para mirar el mundo, para imaginarlo y proyectarlo en los planos y las secuencias de sus filmes, documentales y series de televisión. Pero conquistar ese rincón estratégico junto a la cámara no le fue fácil. Josefina Molina nació en 1936; en el ambiente gris y cerrado de la Córdoba de posguerra,  el cine y los libros alimentaron sus fantasías.  En su memoria hay un momento decisivo,  ese momento que, al decir de Borges, un hombre (una mujer) sabe para siempre quien es: la visión de la película El río, de Jean Renoir, un fragmento de vida que pasa como pasan las aguas de un río. Era una adolescente, y supo entonces que quería dirigir cine. Seguramente se trata de un recuerdo reelaborado, pero revela el despertar de una firme  voluntad de llegar a ser la que quería ser. Con su trabajo y su inteligente sentido de la realidad encontró los resquicios para rebasar los esquemas con los que se ahormaba el destino de las mujeres en aquella España integrista en la que le tocó vivir.  Logró ser admitida en la Escuela Oficial de Cinematografía y graduarse en Dirección en 1969, se entregó apasionadamente a su oficio y supo sacar partido de lo que tenía a mano. Nunca cultivó el victimismo. No perdió el tiempo lamentándose. Trabajó para llevar al límite lo posible, y de esa valentía salió una obra cinematográfica de referencia en la que destaca una película insólita, experimental, política sin pretenderlo y feminista sin proclamarlo: Función de noche (1981).

Conocí a Josefina Molina hace casi veinte años y tuve el privilegio de compartir con ella viajes, cenas, celebraciones, homenajes. Apenas he conocido a alguien tan desprejuiciado, libre y generoso; era tímida y valiente, radical y dialogante, valedora de un feminismo que arraiga en bases racionalistas y humanistas, desde la lucidez de que la igualdad es un empeño largo y constante y desde iniciativas que abrían espacios para las jóvenes cineastas como la creación de la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales (CIMA) en 2006. Ese es su legado ético y estético.

Se nos ha ido Josefina Molina con la discreción que la caracterizó; la imaginamos para siempre sentada en ese rincón, concentrada en su deseo:

“He visto transformarse la realidad en ficción y la ficción en realidad; un juego apasionante de mil facetas y colores ha puesto ante mis ojos el genio de un actor o actriz en una metamorfosis prodigiosa, la sensibilidad de un operador de cámara, el sentido del ritmo de un maquinista moviendo un travelling o la capacidad de un director de fotografía para iluminar un mundo que parecía muerto. En cada película-ya fuera para cine o para televisión- he vivido una aventura llena de riesgos y sorpresas. No he sabido ni querido vivir sin estas emociones”.

*Profesora de la UCO

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