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Opinión | Para ti, para mí

Corpus Christi: «El limpio corazón del sacramento»

Córdoba adelanta la solemnidad del Corpus Christi a esta próxima semana que comienza, primero, con el Pregón eucarístico, el martes, 2 de junio, en el Convento de Santa Marta, de nuestra ciudad, y el jueves, 4 de junio, la solemne procesión con la custodia de Enrique de Arfe, labrada en 1518, la más hermosa de España junto con la toledana, del mismo autor. La ciudad se convierte en templo, alfombradas sus calles de juncia, tomillo y romero, los bellísimos altares colocados por las hermandades, el incienso y los cantos eucarísticos y la esencia teológica más viva del Corpus, transformada en metáforas poéticas y ardientes: «Arco iris de amor que se levanta de un pesebre salvador, que tiene un océano de sangre en el Gólgota, adquiere su mejor volumen de generosidad y entrega en la Última Cena, en el silencio cerrado y perfecto del Cenáculo, y alcanza su apoteosis en esta hermosa celebración eucarística, recorriendo nuestras calles». El origen de la fiesta lo encontramos, a mediados del siglo XIII, con la monja agustina Julieta de Retinnes (1193-1258), en el convento del Monte Cornillon, en Lieja (Bélgica), a quien la tradición asegura que se le apareció Cristo, pidiéndole la institución de una fiesta de la Eucaristía. En 1249, el obispo de Lieja aprueba la visión y ordena la celebración litúrgica en su diócesis. Sólo dos décadas después. En 1264, esa tradición local se convierte en universal, gracias a la bula del Papa Urbano IV, dirigida a todos los obispos, en la que instituye la fiesta del Corpus Christi, eligiendo la fecha del primer jueves, tras la Octava de Pentecostés, como llegó a nuestros días. En España, en el año 1989, al suprimir el gobierno el Corpus como fiesta laboral, los obispos optaron por «pasarla» al domingo siguiente. Y como no podemos recibir el Cuerpo de Cristo y sentirnos alejados de los que sientan conculcada su dignidad, de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están encarcelados o se encuentran enfermos, o quizá se sienten amenazados en su vida, porque será «no nacida» o se encuentra en «fase terminal», en la fiesta del Corpus celebramos también el Día de la Caridad, las manos abiertas de par en par para el abrazo entrañable, la entrega y el servicio, la solidaridad con los pobres y afligidos. Con nuestra mirada fija en la custodia, aprenderemos a dar, como Cristo Jesús, el pan de nuestra propia vida, que nuestro poeta Pablo García Baena, ensalzó con versos admirables dedicados a la fiesta del Corpus: «La piedad vuelca sus bandejas de flores, / ante la enhiesta Espiga, que guarda en sus oros, / como pétalo blanco de virginal harina, / el limpio corazón del sacramento».

Hoy, la liturgia de la Iglesia celebra el misterio de la Santísima Trinidad, revelado por el propio Jesús, en el evangelio. Algún teólogo, al exponerlo, ha utilizado la «fabulilla» de los números: «Hay tres números básicos en la construcción de la vida. Pensar en ellos nos ayudará a acercar el corazón a la Trinidad, comunidad de amor. El «uno» es la unidad mínima, la afirmación de nuestra identidad personal, la suma de todo lo que es original nuestro y nos distingue de los demás. El «dos» surge como una apertura, es la posibilidad de la fusión de lo que llevamos en nuestro corazón. Pero es una relación con lo que tenemos de exclusivo. La inclusión máxima es la que nos trae el «tres», que representa la alteridad en términos absolutos. Cuando profesamos que «Dios es uno y trino», afirmamos que el dinamismo de la «inclusividad» está siempre presente en Dios». La explicación quizá nos haga sonreír. Es mucho más fácil contemplar a Dios, como «familia»: «Tres personas distintas y un solo Dios verdadero». O como lo «razonaba» san Agustín, en una sencilla frase: «Entiendes la Trinidad, si vives la caridad, si vives de verdad en el amor». Y los entrañables versos de san Juan de la Cruz: «¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado, que a vida eterna sabe».

*Sacerdote y periodista

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