Opinión | El cuerpo en guerra
Sala de reanimación
Por un momento pensé que me había librado, aunque me había preparado para morir. Tenía todo listo. Estaba en paz. Me había dejado todo hecho, todo dicho. Había abrazado y llorado con las amigas que son carne de mi carne. Y me había despedido de Toffee por si acaso. De alguna forma, sentía que se sucedería una hemorragia interna en mi vientre irremediablemente en esta próxima operación.
Todo se había sucedido demasiado bonito en quirófano. Entre todos los profesionales que vinieron a presentarse antes de la operación, hubo uno que se colocó delante de mí y se quedó mirándome. «¿Vienes a por mí?», le pregunté. «Si me dejas», contestó él. Y añadió: «Soy Juanlu, voy a acompañarte a quirófano». Y se me inundaron los ojos de lágrimas. Le sonreí muy fuerte.
Estoy segura de que «mi» Juanlu quiso estar conmigo entonces. El del quirófano me prometió que leería mi libro y me aseguró que estaría conmigo en todo momento. Después, la anestesista me preguntó dónde quería irme de viaje próximamente. Comenté que quería volver a París sola. Entonces dijo: «Venga, Ana, nos vamos a París», y el propofol viajó por mi cuerpo.
Al día siguiente, di un paseo largo y compré té. Resultaba insólita esa calma. No me suelo equivocar. Apenas unas horas más tarde, la sangre, toda aquella sangre. Y aquello para lo que estaba preparada: la hemorragia interna. 20h de sangrado intenso ininterrumpido, dolor inmenso y un «me estoy mareado», «estoy muy mareada, me cuesta abrir los ojos». El sonido de una alarma. Me llevaron corriendo con la camilla. Dejé de saber dónde estaba. Mi cuerpo quiso desaparecer y yo lo abracé. Estaba demasiado cansada. Mi corazón no bombeaba lo suficiente. Tensión 5-3. 44 pulsaciones por minuto. Gritos con mi nombre. Mucho sueño, mucha calma. No podía abrir los ojos. Mucho pánico a mi alrededor y yo tan en paz. Podría haber dormido así para siempre. Pero muchas luces, muchos pinchazos, fluidos por mis venas. Y volví a abrir los ojos.
La hemorragia continuó. Cada 15min, una nueva bolsa de sangre y suero salía de mí. Lavados manuales para extraer coágulos. Y la tensión tan baja, tanto dolor. La transfusión no sirvió de mucho ni las siguientes 24h ingresada: tan sólo más debilidad. Revivir lo que recordaba del ingreso de verano. Hartazgo, cansancio de tener un cuerpo que lucha tanto aun cuando hace meses que yo claudiqué. Vistas a Ciudad Universitaria durante varios días; perderme en el dolor y el sueño con la tensión tan baja. Y cómo volver a casa y tener que comenzar de nuevo después de haber sobrevivido otra vez. Una no debería tener que reponerse de tanto.
*Escritora
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