Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna abierta

La culpa, Zapatero

Los ciclos políticos obedecen a su propia dinámica. Los ciclos socialistas en el poder integraron una producción fecunda en su desarrollo junto a un cierre abrupto en su final.

El primero con Felipe González fue trascendental para la moderna historia de España. En él se construyó el estado del bienestar de nuestra democracia. Y acabó anegado en una charca de corrupción.

El segundo ciclo tuvo a Rodríguez Zapatero como protagonista. Su tiempo lo dedicó a la consagración de los derechos, una tarea pendiente que no tuvo oportunidad ante las esenciales y angustiosas urgencias de la Transición. Finalmente, acabó arrastrado por la torrencial avalancha de los efectos de la mayor crisis que ha conocido el mundo occidental desde 1929. Y le abrasó a él mismo que, conmocionado por la magnitud de la catástrofe, se comprometió, «me cueste lo que me cueste», en la tarea de implementar la drástica receta europea que incluía la reversión de algunas de las conquistas del estado del bienestar del primer ciclo.

El fenotipo político y personal de Zapatero encierra una indudable complejidad. Basó su ascenso al liderazgo socialista en el desconocimiento que de él se tenía frente al amplísimo conocimiento de su rival Bono. Su debilidad se convirtió en su fortaleza. Desde la ingenuidad de un «bambi» arrastró a la militancia socialista. Una militancia que ya entonces recelaba del acartonamiento de sus élites.

Fue precursor de la posterior estrategia de Pedro Sánchez en su asalto al poder orgánico. Como éste haría después, Zapatero se fue de bolos de primarias recorriendo miles de kilómetros para predicar a la militancia una nueva verdad ignota desde un militante ignoto. Yo mismo lo encontré en aquel proceso, deambulando solitario por el Aeropuerto de Alicante con una carpeta bajo brazo.

Su producción desde el gobierno en materia de derechos le convirtió en fetiche de los sectores más progresistas de la sociedad española. Por el contrario, su denostada reacción a la crisis le convirtió en el gran catalizador de las iras populares, que acuñaron con cierto casticismo lo de «la culpa, Zapatero» para sentenciar cualquier revés. Y contra él mismo, siendo jefe del gobierno del «no os fallaré», se movilizaron jóvenes, pobres y perroflautas que acamparon en las plazas de las ciudades en una rebelión sin precedentes que arrebataría la política española de los años siguientes. El 15 M. Un movimiento cuyos más significados supervivientes, sorprendentemente, no dudan en considerarlo hoy su principal heredero y líder moral. Un singular oxímoron sólo a su alcance.

Apadrinó en su día la candidatura de Susana Díaz contra Pedro Sánchez. Sin embargo, en 2.023 su entusiasmo prestado al servicio de la defensa y puesta en valor de Pedro Sánchez resultó vital para la pervivencia y consolidación del tercer ciclo socialista. Y, en una nueva reinvención, aquella aparición desplazó abruptamente a Felipe González del imaginario socialista y le convirtió a él mismo en la gallina clueca del socialismo español cuidándolo, protegiéndolo y saliendo al paso de cualquier acecho. Y, más aún, devino el paterfamilias del progresismo español.

Hoy José Luis Rodríguez Zapatero sigue llevando bajo el brazo su carpeta. Pero ahora contiene cuatro mil folios. Deambulando por la delgada línea que separa el delito del pecado. Acompasando su peregrinar al del tercer ciclo del PSOE en el poder. Ambos, ZP y PSOE, atravesando una encrucijada situada entre la supervivencia absolutoria y la condena terminal.

En el caso del PSOE, en medio de un amenazante perímetro de corrupción que recuerda con mal agüero los tiempos de Felipe González, sin que ni Pedro Sánchez ni aquél tuvieran más responsabilidad que su poca destreza en el ars vigilandi. Un tercer ciclo en el poder que habría tenido el esperanzador logro de haber hecho compatibles las más comprometidas políticas socialdemócratas y el crecimiento económico. Toda una conquista en la vieja Europa que ahora podría estar viendo su horizonte final.

En el caso de Zapatero, atrapado en una historia de expresidente que oscila entre lo normal y lo insólito. Un buen amigo me recordaba una anécdota recurrente en Cuba, país donde está o estuvo prohibido tener un televisor. Todo el mundo, sin embargo, tenía uno. Pero si alguna displicencia política recomendaba tu detención, se te acusaba de tener un televisor. Muchos nos preguntamos: ¿Felipe o Aznar no tienen televisor? A los jubilados les queda la pensión, a los expresidentes les queda la agenda. Y de eso vive cada uno.

El argumentario popular anda confuso con el affaire Zapatero. De repente, pareciera que hacer negocios fuera delictivo. O decepcionante, en su caso. O no se diferencia entre el delito y el desencanto. El personal ya no sabe si fue a Venezuela a buscar petróleo y encontró presos o fue a por presos y encontró petróleo. Las plazas de la opinión han vuelto a poblarse de acampadas. Esta vez, unas acampadas de indignación y otras de decepción en un nuevo 15 M. Justo 15 años después. Llegados hasta aquí, sólo la ideología acaba decantando clara y cruelmente la consideración del expresidente.

La madeja en que está envuelto Zapatero no es fácil de deshacer. Pero si alguien pudiera hacerlo, sin duda es él. Nadie con su destreza en el arte del contorsionismo, nadie con su capacidad de mutar, nadie con su habilidad para ser él mismo y su antítesis.

En 2023 hizo el milagro de aupar a Pedro Sánchez hasta la victoria desde una derrota vaticinada de manera indiscutida. De nuevo tendrá que obrar un milagro. Pero esta vez, consigo mismo.

*Licenciado en Historia

Tracking Pixel Contents