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Opinión | La vida por escrito

En compañía de la soledad

El pasado 13 de abril, en la base surcoreana Jang Bogo de la Antártida, un investigador sufrió un brote de ira y persiguió a sus compañeros con un cuchillo de 20 cm. Tras ser reducido y confinado tres semanas, lo evacuaron en pleno invierno austral. Este incidente no es un hecho aislado; otras expediciones han registrado agresiones y casos de acoso sistemático. El suceso muestra la cara mala del aislamiento extremo: el violento desgaste que provoca la convivencia forzada. A veces, el verdadero peligro para la mente humana no es la soledad sino estar juntos a la fuerza.

Un revelador estudio internacional, coliderado por el psicólogo Jan Schmutz de la Universidad de Zúrich y el psiquiatra Andrea Cantisani de la Universidad de Berna, analizó el comportamiento de doce personas durante una misión de diez meses en la estación Concordia, también en la Antártida; un lugar que agencias espaciales como la NASA utilizan como simulador para futuros viajes a la Luna o a Marte. Allí se descubrió el mecanismo psicológico que antecede a la violencia.

Monitoreados con sensores de proximidad portátiles y sometidos a cuestionarios periódicos, los inquilinos de la base Concordia creyeron que el calor humano les ayudaría a sobrellevar el invierno polar. Pero se equivocaron por completo: un mayor contacto físico en confinamiento no equivale a mayor apoyo social. Muy al contrario: quienes registraron interacciones más frecuentes y prolongadas mostraron niveles drásticamente superiores de desconfianza, hostilidad, conflictividad y menor rendimiento laboral.

En entornos de confinamiento extremo, la cercanía física continuada se percibe como una sensación asfixiante. Los investigadores plantean una hipótesis perturbadora: es muy probable que los individuos que se sentían más solos buscaran desesperadamente el contacto, pero al hacerlo de forma compulsiva en un espacio reducido, esas interacciones resultaron ser de pésima calidad, y desencadenaron un efecto rebote de frustración y fricción. Con el paso de los meses, la tripulación se dividió en subgrupos cerrados basados en afinidades primarias como el idioma o la nacionalidad. El cerebro, exhausto por el roce constante, buscó refugio en los vínculos tribales, lo que alivió el estrés individual a corto plazo, pero dinamitó la cohesión global en el conjunto de la expedición.

Resulta tentador archivar el brote psicótico de Jang Bogo o las conclusiones de Concordia como meras anomalías de un entorno extremo aplicable solo a científicos o astronautas. Pero este síndrome nos muestra en condiciones de laboratorio extremo una patología que sufrimos a diario en las grandes ciudades. ¿Acaso no es el vagón de metro en hora punta, la oficina de cubículos abiertos o el bloque de apartamentos colmena un simulador a microescala de esa misma asfixia colectiva?

La psicología social lleva tiempo advirtiendo que las interacciones humanas necesitan, por fuerza, válvulas de escape. Cuando el entorno laboral o habitacional nos obliga a interactuar sin filtros ni descanso, activamos los mismos mecanismos de defensa observados en el polo sur: levantamos barreras psicológicas ante el vecino y empezamos a enseñar los dientes.

La gran lección que nos llega desde la Antártida es que la compañía es un fármaco potente cuyo éxito depende estrictamente de la dosis y la autonomía del paciente. Tanto si aspiramos a conquistar Marte como a sobrevivir sin ira en nuestras superpobladas oficinas y ciudades, debemos diseñar espacios y rutinas que respeten el sagrado derecho a la soledad. Para no terminar empuñando un cuchillo contra nuestros compañeros, las personas necesitamos tanto del puente que nos une a los otros como del abismo saludable que nos separa. La soledad también es necesaria.

*Profesor de la UCO

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