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Opinión | Tormenta de verano

Autoengaño y sesgo de confirmación

En el universo de la retórica partidista, la autocrítica es una especie en extinción. Admitir un error estratégico, un mal programa o el desgaste de un líder se considera un suicidio político, por lo que la maquinaria de propaganda activa el manual de las excusas. La pérdida de las elecciones o la falta de expectativas es culpa de la hostilidad de los medios de comunicación, de la falta de habilidad para transmitir el mensaje o la incomprensión del electorado. Un engranaje de autoengaño que paraliza la autocrítica en las cúpulas de los partidos.

Los fundamentalismos políticos arraigan y se vuelven inmunes a la evidencia empírica. Cuando la realidad contradice los dogmas de la fe partidista, la tendencia natural no es corregir el dogma, sino declarar que la realidad está equivocada. Este autoengaño de las élites no podría sostenerse sin el aliado perfecto en el sesgo de confirmación de sus propios votantes. Los ciudadanos no somos observadores neutrales al evaluar la gestión pública, sino militantes de nuestras propias identidades preconcebidas. Cuando un votante se enfrenta a pruebas evidentes de que el partido al que apoya ha cometido actos de corrupción, ha incumplido sus promesas o ha gestionado de forma deficiente, experimenta un choque interno. Y para aliviar esa tensión mental, el cerebro activa un escudo protector: el sesgo de confirmación. Las personas buscamos, interpretamos y recordamos la información de manera que confirme nuestras creencias previas. El elector no busca la verdad, busca tener razón. Si su partido fracasa o se contradice, el votante adoptará con alivio las excusas diseñadas por la sede central: «Es un mal menor frente a la alternativa».

Hoy esta dinámica se ha extremado debido a la polarización y al diseño de las redes sociales que actúan de ecos. El debate público ha mutado de una discusión sobre políticas económicas y sociales hacia una lucha por el reconocimiento y la dignidad de la «tribu». Cuando la política se convierte en una religión laica y tribal, la autocrítica se equipara a la traición. Un partido que pide perdón o que reconoce un error estratégico está desarmando a sus propios fieles frente al «enemigo» político. Por lo tanto, el autoengaño deja de ser una debilidad psicológica para convertirse en un imperativo de cohesión interna. Mientras la autocrítica siga siendo vista como un síntoma de debilidad y el autoengaño como una armadura, los partidos seguirán flotando en un mar de excusas, gobernando únicamente para las fantasías de sus convencidos.

*Abogado y mediador

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