Opinión | Paso a paso
Cunas vacías
Hay ciudades que no empiezan a morir cuando cierran sus comercios, ni cuando las fachadas se despellejan bajo el sol, ni cuando los jóvenes arrastran la maleta hacia una estación con más resignación que aventura. Empiezan a morir antes, en un silencio doméstico: cuando dejan de oírse niños en los patios, cuando las cunas se vuelven trasteros de una esperanza aplazada, cuando el porvenir se calcula entre hipotecas imposibles y alquileres con vocación de cepo.
Córdoba, que ha sabido enterrar imperios sin perder la compostura de la cal, se enfrenta ahora a una derrota menos aparatosa y más profunda: nacen menos de los que mueren. No es sólo una estadística, sino una campana. No es una curva demográfica, sino una confesión colectiva. Hemos levantado una sociedad tan llena de derechos proclamados que apenas deja espacio para fundar una vida sin temblor.
Decía Péguy que una sociedad se conoce por la manera en que trata a sus hijos. La nuestra, más que tratarlos mal, parece no esperarlos. Los invoca en discursos, los fotografía en campañas, los bendice con ayudas que llegan tarde; pero después les entrega salarios de cristal, viviendas blindadas, horarios de servidumbre y una educación sentimental donde todo vínculo duradero parece sospechoso de ingenuidad. Así no se engendra futuro: se administra supervivencia.
La vejez de una ciudad no se mide sólo por la edad de sus vecinos, sino por la pérdida de confianza en el mañana. Un barrio sin niños se vuelve educado, silencioso, casi perfecto; pero esa perfección tiene algo de mausoleo. Nadie mancha la acera con tiza, nadie rompe la siesta con una pelota, nadie aprende a caerse en la plaza. Todo queda limpio, correcto, envejecido. Y Córdoba, que fue cruce de sangres, lenguas y oficios, corre el riesgo de convertirse en una hermosura sin descendencia.
Chesterton advirtió que la familia es una pequeña patria anterior al Estado. Quizá por eso tantos poderes la miran con recelo: allí donde nace un hijo nace también una lealtad que no depende del BOE, ni del mercado, ni del aplauso de la época. Pero para que esa pequeña patria exista no basta con sermonear desde los púlpitos civiles. Hace falta que la vida sea posible: que trabajar permita vivir y que una pareja no tenga que elegir entre pagar el alquiler o traer al mundo una criatura.
No hay política más urgente que devolver al futuro su domicilio. Lo demás -las broncas electorales, los eslóganes, las vanidades de tribuna- será hojarasca si la ciudad continúa sustituyendo cunas por nichos, aulas por residencias, bautizos por pésames. Una comunidad que no se atreve a tener hijos acaba pidiéndole a la inmigración, al turismo o a la estadística que disimulen su miedo.
Cada niño que nace desmiente la contabilidad del desaliento. Cada llanto inaugural abre una grieta luminosa en la pared cansada de la historia. Tal vez salvar Córdoba no consista sólo en proteger sus patios, sus piedras o sus fiestas, sino en lograr que alguien vuelva a correr por ellos con las rodillas sucias y el alma recién estrenada.
*Mediador y escritor
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