Opinión | Calma aparente
Pericia y buen humor
El conductor tuvo que reducir la marcha considerablemente, puesto que el autobús iba tan lleno que se inclinaba como un barco en pleno naufragio. Superada la curva de la calle de la Feria, frenó junto a la marquesina al ver que una señora, con la timidez de una colegiala, había levantado la mano. La gente resopló, se quejó: «¡Pero si ya no entra nadie más!». Aun así, el conductor, armándose de paciencia, insistió: «Hagan hueco, por favor. Pasen al fondo». Visto desde fuera, aquello no parecía un autobús de Aucorsa, sino de la India; solo faltaba que alguien se colgase de un retrovisor hasta llegar al recinto ferial, cuyo albero ya podía olerse. Inevitablemente, todos los pasajeros sudaban –que es algo muy engorroso cuando se ha vestido uno bien flamenco–, lo que aumentaba la tensión del ambiente. Sin embargo, siempre los hay que gozan de una impasibilidad envidiable, como la señora que acababa de su subirse al autobús, que no dudó en aprovechar la ocasión para quitarse el suelto. «¡Madre de Dios!», gritó alguna peineta cercana. Pero allí nadie se desbocó. El conductor, a pesar de los ochenta y tantos pasajeros a bordo, fue capaz de maniobrar con una mano, cobrar con la otra y controlar con la mirada el tráfico y el conteo de monedillas. Lidió con la presión con una naturalidad elegantísima. Silbó sin silbar. Y no exagero: al mezclar precisión y ligereza, diría que la conducción cobró tintes artísticos. «Yo, para ser feliz, quiero un autobús», podría decir también la canción.
Aquella fue una escena habitual de cualquier día de Feria, cuando la gente empieza la fiesta. Por la noche, ya de vuelta, las circunstancias son otras. A los feriantes les llega el albero hasta los perniles; no caminan, se arrastran; pierden, entre otras, la capacidad para contar monedas, y su aliento combina matices de rebujito, salmorejo, tabaco y patatón. Además, los autobuses se llenan igualmente, salvo los de las líneas poco conocidas pero utilísimas, solo al alcance de grandes estrategas de la Feria (un saludo, Arias). En cualquier caso, piensa uno en lo que tienen que soportar los conductores y se apiada de ellos. Más de un borracho, como mínimo, los confundirá con camareros. Aunque el otro día hablé con Andy, conductor y periodista, y no dramatizó: la gente va tan cansada, y desea tanto llegar a su casa, que casi siempre va callada o, directamente, dormida. Otros compañeros no opinan lo mismo; como es lógico, no todos reúnen las cualidades más valiosas para la conducción: pericia y buen humor. Quedan días de Feria. Eviten los derrapes.
*Escritor
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