Opinión | Escenario
Abanicos
El lunes pasado, como preludio de feria, hablábamos aquí de los mantones de Manila. Hoy, ya metidos en harina, mejor dicho, en arena -la del Arenal-, toca hablar de otro complemento que con frecuencia le hace juego: el abanico, que curiosamente también tiene origen oriental. Llegó a Europa en el siglo XVI a través de las rutas comerciales portuguesas. En Francia fue popularizado por Catalina de Médicis y en España, a partir del Siglo de Oro, fue adoptado por la nobleza y desde ahí, enseguida, se fundió con los usos populares. Es de estricto sentido común pensar que la utilización del movimiento del aire como sistema de refrigeración, es propia de países calurosos o, como mucho, templados. ¿Para qué quiere abanicos un esquimal? Como no sea a modo de soplillo para avivar el fuego...
El abanico, naturalmente, ha evolucionado desde diversos formatos. El plegable que actualmente utilizamos fue inventado por los japoneses, inspirándose, al parecer, en las alas de un murciélago. Sus partes más importantes son: el varillaje -utilizado a menudo por poetas y no poetas para escribir dedicatorias y madrigales- el país -objeto de decoración, sea cual sea el material del que esté hecho- y el clavillo -remachado en sus extremos para unir las varillas impidiendo que se salgan- que permite que las varillas roten. Algunos fabricantes añaden una anilla para que pueda colgarse o atarse a una cinta. En cuanto a su tamaño, tenemos el enorme pericón -muy decorativo y teatral- y, en contraposición, los minúsculos abaniquitos que algunos hombres suelen llevar en el bolsillo de la chaqueta. Cuando era pequeña me quedaba extasiada mirándolos, porque los veía más adecuados para mí que para ellos. Hay abanicos blancos, de encaje, para las novias, y otros, muy grandes, capaces de proporcionar sombra a la propietaria en una corrida de toros. Los hay de todos los colores, caros y baratos. Los hay exclusivos. Y los hay publicitarios, como los que inundan la feria, compitiendo con los sombreros.
Y luego está el abanico como elemento de seducción, que incluye el famoso lenguaje, ya caído en desuso. No sería ningún disparate recuperarlo en estos días en los que el ruido de los altavoces nos impide oír y hacernos oír: cerrado, puesto sobre el corazón, «Te quiero»; cerrado, apoyado en la sien, «Pienso en ti»; semiabierto, sobre los labios, «Bésame»; cerrado, sobre los labios, «No confío en ti»; delante del rostro o de los ojos, sosteniéndolo con la mano derecha, «Sígueme cuando me vaya»; para decir «Te odio» sólo hay que tirar el abanico al suelo. La verdad, no creo que haya que llegar a ese extremo.
*Académica
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