Opinión | Tribuna abierta
La huella de mi padre
Este 24 de mayo se cumplen dos años de la muerte de mi padre, José Antonio López. Durante todo este tiempo, aunque escribir es mi mejor vehículo de expresión, no he sido capaz de hacerlo sobre él. Quizá porque es una persona tan importante en mi vida que intentar resumirle en palabras siempre se me queda corto. Aún hoy su ausencia duele, pero empiezo a sentir que recordarle así, con calma y con amor, también es una forma de tenerle cerca.
Mi padre era una persona que no dejaba indiferente. Tenía una gran inquietud intelectual y un humor muy suyo. No conozco a nadie que se ría igual con solo mencionar a Peter Sellers. Tenía una forma muy particular de estar en el mundo: pensativa, profunda, llena de matices, pero también cercana. No era solo alguien con quien se podía hablar, sino alguien que dejaba huella.
Cuando pienso en él, no me vienen solo los grandes momentos. Me vienen, sobre todo, esos pequeños recuerdos que se han quedado a vivir dentro de mí. Como cuando, siendo niña, me dejaba subirme a la cama a escondidas. Se giraba hacia la pared y me hacía un hueco. Era un gesto sencillo, un juego, pero para mí era mucho más: refugio, complicidad, ternura.
También recuerdo cómo se paraba a hablar con personas sin hogar. No pasaba de largo: preguntaba, se interesaba, intentaba ayudar y movía incluso a otros si hacía falta. No era algo excepcional en él, era su forma de entender la dignidad humana.
Su vocación fue siempre el servicio. Primero con personas con discapacidad y después, como liberado sindical, ayudando a muchos trabajadores. Nunca entendió ese lugar como un espacio de privilegios ni de favores: sé que no se tomó una mariscada con nadie y que llegó a salirse de más de un tribunal de oposiciones cuando no había limpieza. Tenía una idea demasiado seria de la justicia como para acomodarse a lo que no lo era.
Y también sufría. Sufría cuando no podía ayudar como quería, sufría cuando, además, recibía el enfado de esas personas. Esa impotencia le dolía, precisamente porque no se protegía del dolor ajeno con la indiferencia. Fue un abanderado de la justicia social y de la Doctrina Social de la Iglesia, no como teoría, sino como algo que había que vivir.
Su fe era otro de los rasgos que más le definían. Hablaba de Dios con naturalidad, sin miedo, en cualquier ambiente. Se movía igual entre creyentes y no creyentes y con personas de otras religiones. A mí me gusta pensar en él como un verdadero hombre de Iglesia: alguien que quería conocerla, vivirla y aprender de sus muchos carismas, sin rigidez, hasta el final.
Mi padre me enseñó mucho con sus palabras, sí, pero sobre todo con su forma de vivir. Me enseñó que todo el mundo vale por el hecho de ser persona, a ser leal, a entender que la amistad no caduca. Para él, a pesar del tiempo, un amigo siempre volvía a tener un lugar en su corazón.
Era un hombre que pensaba, que dudaba, que buscaba la verdad. Nunca defendía a rajatabla una ideología o un partido, pues era capaz de señalar las incoherencias de uno y otro bando.
Igualmente, como todos, no era perfecto. Tenía sus traumas, defectos y debilidades, y no siempre fue fácil entendernos. No obstante, con perspectiva, esas aristas también se vuelven parte de un recuerdo más humano y verdadero.
La experiencia me ha hecho entender que la verdadera herencia de una persona no está solo en lo que hizo, sino en lo que dejó en los demás. Mi padre dejó una manera de mirar al otro y de entender la dignidad, una idea de justicia, una lealtad poco común y una forma muy profunda de vivir la verdad. Hoy quiero recordarle así.
Dos años después sé que hay vacíos que nunca se llenan. Pero junto al dolor permanece también la gratitud de haberle tenido, de haber aprendido y de haber sido querida por él.
Papá, te echo de menos. Y te doy las gracias por todo lo que fuiste y por todo lo que sigues viviendo en mí.
Doctora en Comunicación
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