Opinión | NO NI NA

Periodista
Los 95 del Correo
Creo que fue Monterroso quien escribió que, si el cauce es lento y tenemos una bici o un caballo lo suficientemente dotados, nos podemos bañar dos o tres veces en el mismo río, según nuestras necesidades higiénicas. Chúpate esa, Heráclito, con la farfolla del cambio constante. Este domingo, así pues, pretendo pasarme a saludar a los amigos del Bar Correo, que cumple 95 años desde su fundación en 1931. La Feria, sin reguetón a todas horas, ha perdido todo interés.
Como sabe cualquiera con calle, el Correo es, más que un bar, una referencia sociológica de la cordobesía. El sitio donde nos topamos con la vida. Se acerca uno a su puerta, ahora que no bebe, a enterarse de entierros, cuernos, cambios de sexo o implantes de pelo. A maldecir con viejos confidentes y a intercambiar frases triviales con perfectos desconocidos. O sea, a matar el rato. Porque el Correo no tiene tele ni música ni gaitas. Y el entretenimiento es el palique de lo de siempre: quién se ha puesto tetas, si alguien conoce a los de Adelante, qué puñetas es un nacionalista andaluz.
La familia Martínez, que se hizo cargo del pastoreo de almas que tanto tiempo ejercieron los Carrasco, ha tenido el buen juicio de mantener lo esencial del statu quo de la taberna. Somos los demás los que aportamos el elemento variante. Ahora es común disputarse la papelera de la antigua farmacia con despedidas de soltera, señoras de edad con trabajos finos de chapa y pintura, o pijos con pelazo. A veces, se aturulla uno con las multitudes y las charangas, pero es que queríamos pernoctaciones.
Eso ha generado una cierta tensión cultural entre mesetarios (una vasta generalidad que va desde madrileños a coreanos) y autóctonos. Al propio del Correo se le conoce por la apostura hidalga y el apego a las tradiciones. Nos falta el cuello de gola, pero tenemos ese tono de ser superior, como de ir al Círculo de la Amistad en chanclas. El fetén se salta la cola porque eso es cosa de bárbaros, encuentra el baño a la primera y nunca-nunca hace fotitos con el puñetero móvil. Al foráneo se le conoce por las horas impropias del yantar, la obsesiva manía por el orden y la determinación de no dejar caña sin subir al Instagram ese. Los de la videollamada, esos son los que están peor de lo suyo.
Casi un siglo de vida reconcilia con la continuidad, ahora que tenemos la agenda llena de gente que ya no está. Nunca borro esos nombres por tener la ilusión, vana, de que se puede volver al mismo río a darse un baño de otros tiempos. Por eso, camino del siglo, se saluda de forma afectuosa y solidaria a los viejos amigos del Correo, fin de raza de esa ciudad que ya no existe, a sus propietarios presentes y pasados, a sus fieles trabajadores. Aparte de las cañas, ellos nos proveen de ese medio gramo de Parménides, que nos promete que las cosas seguirán en su sitio.
Así que pasen otros 95 años. Amén.
*Periodista
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