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Opinión | CERCA DE ÍTACA

Córdoba en mayo

Hablar del mes de mayo, es hablar de Córdoba, cuando la Ciudad se engalana, como la novia más hermosa del baile de la promoción del instituto, o de aquella que lentamente camina hacia el altar de la Cultura, para contraer matrimonio con quienes la amamos desde lo más profundo del alma. Adornada de las flores más brillantes, que en tiempos remotos eran recogidas por la gente humilde en ramilletes, nacientes en prados, en dehesas o en los montes suaves de nuestra sierra, de esa tierra preñada de encinas que abraza como una madre tierna y da cobijo a sus habitantes. Córdoba durante todo el mes de mayo, es una fiesta de luz y color, de algarabía, de jóvenes, que en manada la recorren entre sus callejuelas y plazas recónditas y que comienza en los primeros días cuando cruces rebosantes de pétalos engarzados, rememoran tiempos atávicos de aquellos Turdetanos, que teniendo leyes en verso y que databan de tres mil años de antigüedad según Estrabón, fueron los que entretejieron esa incipiente ciudad una vez que dejaron atrás la colina de los quemados con sus casas rudimentarias de adobe y unieron sus vidas, sus destinos, a los legionarios romanos acampados en la ribera del río Betis, que majestuoso a su paso hoy sigue deslizándose como distraído haciendo frontera de una «Corduba ciudad buena».

Con la llegada de la primavera renace la recolección del grano, que era festejada con manifestaciones florales, para después en el periodo cristiano, a raíz del descubrimiento de Santa Elena del supuesto madero de la cruz donde murió Cristo encontrada un 3 de mayo, su onomástica empezó a venerarse hasta nuestro días.

Este mes de mayo donde la vida inicia un nuevo ciclo, que ha estado latente en los meses invernales, era y sigue siendo una explosión de júbilo, a través de las ofrendas florales que el pueblo dedica a sus dioses de cada momento. Y a principios del siglo XX, en esos patios de vecinos ocultos a la mirada indiscreta y sus callejas adyacentes, entre los años 1924 y 1926 a raíz de un artículo de un Cronista del siglo XIX, Ricardo de Monti, arrancaron del cajón del olvido esa expresión de convivencia de barrio, y se institucionalizó entre los rectores municipales de ese momento, encabezado por su Alcalde Don José Cruz Conde, hoy olvidado y al parecer maldito, y también a través de aquellas incipientes peñas, para después ir tomando cuerpo en la fiesta que hoy disfrutamos entre el silencio y el mundo multicolor de innumerables macetas y claveles colgados de las paredes, y ha ido tomando cuerpo en un sentimiento religioso-festivo que los cordobeses han ido celebrando en sus juegos florales para glorificar la resurrección de Cristo, vencedor de la muerte.

Un nuevo impulso en los años sesenta se produjo en la división institucional de calendarios diferentes para cruces y patios que hoy se han convertido en patrimonio inmaterial de la humanidad. En esos años cruciales con la creación de la Federación de Peñas impulsada por también el inolvidable alcalde Antonio Cruz Conde, estas fiestas han ido creciendo en perfección estética, profundidad y sentido lúdico religioso hasta hoy, que hemos heredado de quienes nos precedieron.

Las nuevas generaciones tienen que ser conscientes de que nada se produce espontáneamente, y lo que en este mes de mayo vivimos los cordobeses en la primera quincena y posteriormente en la Feria de Nuestra Señora de la Salud y la Fiesta de los Toros no se ha producido por generación espontanea, sino a través del segmento histórico de regidores, peñistas, vecinos y barrios plenos de entusiasmo, y traer también a la memoria alcaldes como Antonio Guzmán Reina, Julio Anguita, Rosa Aguilar y tantos otros que en íntimo matrimonio con la gente de buena voluntad les debemos esta herencia impagable.

El sentimiento de tribu debe de ser una seña de identidad de este trozo de la geografía peninsular, independientemente de los diferentes criterios políticos, morales y religiosos que cada cual pueda tener, y así desechar los compartimentos estancos, que no conducen a nada.

*Abogado

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